La fiesta del Yom Kippur en tiempos de Jesús


El Yom Kippur era la fiesta judía más importante e impresionante del calendario judío del tiempo de Jesús. Era presidida por el mismísimo sumo sacerdote. A diferencia de las otras fiestas, el Yom Kippur no se caracterizaba por la alegría y el gozo. El arrepentimiento,  la reflexión, y el pedirse perdón unos a otros, eran las características fundamentales de esta fecha. Ahora bien, ¿cómo se celebraba? ¿En qué consistía la liturgia? Como hemos dicho, quien presidia el Yom Kippur era el sumo sacerdote quien se preparaba intensamente a lo largo de la semana precedente en su habitación en el templo, lejos de su hogar (Lev 8,33). Finalmente, el sumo sacerdote pasaba en vela la noche anterior al Yom Kippur. Si se quedaba dormido podía declarársele impuro para presidir la liturgia. Durante la noche se le leía en voz alta los libros de Job, Ezras, y las Crónicas. Si el sumo sacerdote mostraba signos de adormecerse se le gritaba: ¡Maestro! ¡Sumo Sacerdote! ¡Despertad y levantaos sobre el piso! Una vez amanecido, comenzaba la liturgia tan esperada.

El primer sacrificio está explicitado en Lv 16,1-6 y se trata de un buey de propiedad del sumo sacerdote y ofrecido por éste para expiación suya y de su familia. Al principio el sumo sacerdote se queda cerca del animal dándole la cara al Santuario y haciendo la siguiente confesión: Te ruego, Oh Señor; He pecado, me he rebelado, he transgredido en tu contra, Yo y mi casa; Te ruego, Oh Señor, Concededme la expiación  por los pecados, iniquidades, y trasgresiones que he cometido en tu contra, Yo y mi casa; Como está escrito en la Tora de tu siervo Moisés: En este día una expiación será realizada por ti para purificarte de todos tus pecados- delante del Señor tu serás purificado. Si nos fijamos, en esta oración se ha pronunciado tres veces el nombre del Señor. En las oraciones del día se pronunciarán 7 veces más el nombre de Dios, lo que indica la excepcionalidad del Yom Kippur. En cada ocasión la gente responde: ¡Bendito sea el Nombre de su glorioso reino por siempre!

Luego de haber echo su confesión sobre el buey el sumo sacerdote caminaba en dirección este, siempre mirando la entrada del Santuario, escoltado por dos hombres: el de la derecha era su asistente en caso que se viera incapacitado, y el de la izquierda el sacerdote cabeza de familia que le correspondía servir en el templo de acuerdo al calendario. Los tres hombres se dirigían hacia donde se encontraba dos cabritos dispuestos para uno de los momentos fundamentales de la liturgia. Se trataba de las suertes que se echaban sobre ellos y que determinarían cuál sería sacrificado y cual sería expulsado al desierto a Azazel (Lv 16,5-8). Las suertes se echaban a través de una caja de madera que contenía en su interior dos objetos, uno con la inscripción para el Señor, y el otro, para Azazel. Entonces el sumo sacerdote sostenía con sus manos estas inscripciones entre los cuernos de los respectivos cabritos. Cuando el sumo sacerdote descubría la suerte del cabrito a ser sacrificado pronunciaba otra vez el nombre de Dios: Por el Señor, en ofrecimiento por el pecado. Y todos contestaban: ¡Bendito sea el Nombre de su glorioso reino por siempre!

Una vez echada la suerte de los dos cabritos, el sumo sacerdote volvía para oficiar el sacrificio del buey y preparar el sacrificio del incienso. De nuevo delante del buey ponía sus manos entre sus cuernos y confesaba por sus pecados y por los pecados de los sacerdotes. Recitaba la siguiente oración: Te ruego, Oh Señor, Yo he pecado, me he rebelado, y he trasgredido en tu contra, Yo y mi casa, y los hijos de Aarón, tu pueblo santo; Te ruego, Oh Señor, concededme la expiación por los pecados, y por las iniquidades, y por las trasgresiones que he cometido en tu contra, Yo y mi casa, y los hijos de Aarón tu pueblo santo. Como está escrito en la Torá de tu siervo Moisés:  Desde este día en adelante una expiación se hará por ti para purificarte de todos tus pecados- delante del Señor serás purificado. Entonces la gente volvía exclamar: Bendito sea el Nombre de su glorioso reino, para siempre. Al finalizar esta confesión el sumo sacerdote degollaba al buey y recibía la sangre en un vaso llamado mizrak que le daba a otro sacerdote. Entonces el sumo sacerdote partía a preparar el sacrificio de incienso. El sacerdote que portaba el mizrak le seguía y se quedaba a la entrada del santuario moviendo este vaso para que la sangre licuara. Entre tanto, el sumo sacerdote subía al altar llevando una pala de oro con una larga manija que le permitía tomar carbones ardientes, luego descendía y ponía la pala con los carbones junto al sacerdote que portaba el mizrak. En este momento, otros sacerdotes le acercaban una cucharilla larga de oro y una pala de oro llena de fino incienso. Entonces el sumo sacerdote colocaba el incienso en la cucharilla de oro sosteniéndola con su mano izquierda, mientras que con la mano derecha tomaba la pala de oro llena de carbones, y así entraba en el santuario donde dos cortinas lo separaban del santo de los santos (Lv 16,12). El sumo sacerdote caminaba entre las dos cortinas en dirección norte hasta alcanzar el extremo y así accedía al santo de los santos, donde la Shekina, la divina presencia, descansaba (Ex 25,22).   Acercándose al arca de la Alianza que estaba sobre la piedra fundante colocaba el incienso sobre los carbones en la pala de oro y la depositaba sobre el suelo. La habitación se llenaba de incienso y el sumo sacerdote abandonaba el lugar con mucha veneración, nunca dándole la espalda al Arca. Entonces el sumo sacerdote regresaba donde el sacerdote que sostenía el mizrak  con la sangre del buey sacrificado por sus pecados, los de su familia, y los de los sacerdotes. Tomaba el mizrak, regresaba por segunda vez al santo de los santos, específicamente al lugar de la piedra fundante y con un dedo índice rociaba la sangre en el ala este del Arca de la alianza, para luego rociar con el mismo dedo siete veces la cubierta general del Arca. Sólo entonces abandonaba el santo de los santos con reverencia y nunca dándole la espalda. 

Una vez afuera se le llevaba el cabrito que iba a ser sacrificado por el Señor. El sumo sacerdote entonces lo sacrifica y colecta su sangre en otro mizrak, y nuevamente entra en el santuario para repetir lo que había hecho con la sangre del buey. Luego de esto, y todavía en el santuario, el sumo sacerdote juntaba el contenido del mizrak con la sangre del buey y el otro con la sangre del cabrito en un vaso vacío (Lv 16,18) para rociar  los bordes del altar del incienso una vez, y luego repetir por siete veces (Lv 4,7;  16,19). Luego se retira del santuario y se dirige al cabrito que iba a ser expulsado por Azazel. De nuevo colocaba sus manos entre los cuernos del animal y rezaba (Lv 16,20-21) por toda la nación de Israel de la siguiente manera: Te ruego, Oh Señor, Conceded expiación por los pecados, por las iniquidades, y las trasgresiones que toda la casa de Israel ha cometido en contra tuyo, como está escrito en la Tora de tu siervo Moisés: Desde este día en adelante una expiación será realizada por ti para purificarte de todos tus pecados- delante del Señor tu serás purificado. Y de nuevo el pueblo respondía: Bendito sea el Nombre de su glorioso reino, pos siempre. En este punto el sumo sacerdote le daba el cabrito a la persona que tenía que llevarlo al desierto. Varios puntos dispuestos camino al desierto aseguraban que la misión tuviese éxito. Sólo cuando el sumo sacerdote recibía la noticia que el cabrito había alcanzado el desierto, podía proseguir con la liturgia. Esta consistía en bajar hacia la corte de las mujeres para proclamar en voz alta el libro del Levítico, específicamente el capítulo 16.  Cuando esto concluía la multitud acompañaba al sumo sacerdote hacia su casa donde podía descansar. Para más detalles. Chaim Richman, The HolyTemple of Jerusalem, p. 47-61.