Divinización y sacramentos en G. Palamas

El proceso de la divinización del creyente, para Palamas, arranca de la unión y la fe en Cristo, en cuya hipostasis coexistieron la naturaleza humana y divina, en completa armonía. Es un concepto que hemos definido como divinización física y que apunta a valorar las realidades materiales que nos rodean. Ahora bien, ¿cómo se produce este proceso de divinización en el creyente? De nuevo vayamos a Palamas, quien destacará la vida sacramental al interior de la Iglesia. Los sacramentos para este monje y obispo ortodoxo son medios creados que transmiten la gracia no creada de Dios.  Los sacramentos como medios visibles de la acción de la gracia increada subraya la línea ortodoxa de Palamas quien sigue a Macarios. En este sentido se contrapone a otros maestros de la espiritualidad ortodoxa, como Evagrio, quienes subrayan que la divinización del creyente pasa necesariamente por la desafección del mundo material y de todo pensamiento o imaginación. Es como lo que comenta Evagrio respecto a la oración: Cuando reces observa de cerca tu memoria  para que ella no te distraiga con recuerdos de tu pasado. Por el contrario, tu hazte consciente que estás delante de Dios, porque por naturaleza la mente se dispone a huir de la oración con recuerdos.  Para Palamas, al contrario, la divinización pasa por la trasformación material y corporal del creyente. Éste, acoge acogiendo los sacramentos debe colaborar con la gracia…y es que en último término Cristo no puso fin a la libertad del hombre en vista de la salvación.  Esto significa que constantemente el hombre, corrompido por la raíz adámica,  debe volver una y otra vez a unirse con la nueva raíz, Cristo (verdadero hombre y verdadero Dios) que da incorruptibilidad y vida divina (Respuesta a Akindynos 3, 6, 15). En definitiva, en esta precariedad que significa nuestra vida humana, el creyente debe adherir a la supremacía de la gracia de Dios sobre el poder del mal. Para Palamas dos son los sacramentos fundamentales: el bautismo y la eucaristía.  De estos dos sacramentos  depende toda nuestra salvación, porque en ellos se recopila toda la dispención divina (Homilia 60, 3). El bautismo es el inicio de la divinización y regeneración del creyente (Homilia 14) a través de la participación en la muerte y resurrección de Jesús. A través de la gracia bautismal la imagen divina en el hombre es restaurada, purificada, y brilla, haciéndose capaz de actualizar la semejanza divina (Sobre la participación divina y la divinización  7). Es un nuevo nacimiento que supera al primero por cuanto se realiza en el espíritu (Respuesta a Akindynos 3, 11, 37), y cuyo resultado es la resurrección del alma en lo que se llama la primera resurrección (A la monja Xeni, Pg 150, 1049D). En ese sentido, Palamas sigue a Sn Pablo en Gal 3,27 cuando dice que por el bautismo el creyente se viste de Cristo. La divinidad de Jesús diviniza la naturaleza humana.  Consideremos que el bautismo para Palamas, implica también la regeneración del cuerpo del creyente, en cuanto éste es visto ahora por fe más que con los propios ojos, es apropiado por la esperanza y no ya por la realidad actual (Homilia 16, PG 151). Ahora bien, como hemos dicho más arriba, el bautismo no elimina la libertad humana, menos la acción de los demonios. Palamas llama a una vida constante de arrepentimiento y confesión (Homilia 29, PG 151, 369 A). Esto es especialmente relevante para la práctica del segundo sacramento que Palamas considera fundamental al momento de hablar de la divinización del hombre, la eucaristía.  Para el monje y obispo la eucaristía implica el ir haciéndose semejante a Dios a través de la comunión en la sangre y en el cuerpo de Cristo por cuanto todo amor culmina en la unión y comienza en la semejanza(Homilia 56, 6-7). ¡Oh, variada e inefable comunión! Cristo ha llegado a ser nuestro hermano, por cuanto Él tiene una hermandad con nosotros en cuerpo y sangre…Él nos ha hecho sus amigos, ha derramado su gracia sobre nosotros a través de sus sacramentos. Él nos ha unido a sí mismo y nos ha unido, como el novio se une con la novia, a través de la comunión con su sangre, y con su carne que se hace una con nuestra carne. Él ha llegado a ser nuestro Padre a través del divino bautismo en sí mismo, y Él nos alimenta con su propio pan, como una amante madre alimenta a su hijo (Homilia 56, 6). En definitiva, para Palamas, la eucaristía implica la unión de la naturaleza humana del Logos de Dios, la cual se había unido hipostáticamente con la segunda persona de la Trinidad. En ese sentido, cuando esta unión se produce, el creyente ha llegado a convertirse en templo de la Trinidad.Este es un misterio insuperable: Él está unido con la hipostasis humana, lo que significa que él mismo se ha unido con cada creyente a través de la participación de su cuerpo santificado, llegando a ser un cuerpo con nosotros, y haciéndonos templo de toda la divinidad (Defensa de los Hisicastas 1, 3, 38).