La idolatria, las pasiones y el conocimiento del verdadero Dios

En la antigüedad se creía que si la persona razonaba de manera errónea estaría sujeto a las pasiones. En otras palabras, el negarse a la Verdad de Dios era una manera errónea de pensar que traería como consecuencias una conducta moral inadecuada. Esto es especialmente verdad, desde el punto de vista judío, de los paganos que no conocen a Dios. Antes, cuando no conocían a Dios, veneraban a los que realmente no son dioses (Gl 4,8); sin dejarse arrastrar por los malos deseos, como hacen los paganos que no conocen a Dios (1Tes 4,5). Para los judíos, la idolatría está en la base del pensar erróneo y de ahí deriva a la conducta inmoral.  Y aquí está el asunto porque la idolatría es culpa de los gentiles que, razonando mal, no han reconocido al verdadero Dios en la creación. Porque lo que se puede conocer de Dios lo tienen a la vista, ya que él mismo se lo ha dado a conocer.   Lo invisible de Dios, su poder eterno y su divinidad, se hacen reconocibles a la razón, desde la creación del mundo por medio de sus obras. Por tanto no tienen excusa (Rm 1, 19-20). Toda conducta inmoral deriva de este desconocimiento o mal uso de la razón: Y como no se preocuparon por reconocer a Dios, él los entregó a una mente depravada, para que hicieran lo que no es debido (Rm 1,28). En este pensamiento paulino lo que está a la base es Sab13, 1-9 donde se declara que la verdad de Dios está evidente en la creación; la gente, sin embargo, ha fallado en descubrir esta Verdad desde las cosas visibles (13,1), y terminan reduciendo a Dios a través de imágenes humanas o de bestias (13,13-14). Las consecuencias, de nuevo, son inmoralidades sexuales (14,12.24) y otros vicios (14,25-26). La idolatría, tanto para Pablo como para el autor de la Sab., es el peor pecado. (Mek Pisha 5,40-41; Sipre Dt 54, 3.2).  En ambos casos la mente de los gentiles estaría atrofiada: aunque conocieron a Dios, no le dieron gloria ni gracias, sino que se extraviaron con sus razonamientos, y su mente ignorante quedó a oscuras.   Alardeaban de sabios, resultaron necios (Rm 1, 21-22). Y el argumento es en cierto sentido circular porque una razón corrupta  por la idolatria conlleva a las pasiones, y éstas, a su vez, de nuevo a la pérdida de las facultades racionales: Por eso Dios dejó que fueran dominados por sus malos deseos, que degradaban sus propios cuerpos.   Como cambiaron la verdad de Dios por la mentira, veneraron y adoraron la criatura en vez del Creador —bendito por siempre, amén—, por eso los entregó Dios a pasiones vergonzosas. Sus mujeres sustituyeron las relaciones naturales con otras antinaturales. Lo mismo los hombres: dejando la relación natural con la mujer, se encendieron en deseo mutuo, cometiendo infamias hombres con hombres y recibiendo en su persona la paga merecida por su extravío (Rom 1, 24-27).  De entre todas las pasiones que derivan de la idolatría, la pero es el deseo  (Apoc. Mos 19,3). Nada más lejos que el idel estoico de la apatia tal como se refleja en 4Mac 3, 2-5.