La resurrección entendida como la entronización de Jesús rey y sacerdote


Un aspecto fundamental para explicar el desarrollo cristológico de la primera Iglesia es entender la resurrección como la entronización (como rey y mesías davídico) y unción (como sumo sacerdote) de Jesús. La imagen del Trono es muy importante desde el punto de vista cúltico puesto que nos lleva especialmente al Santo de los Santos y al asiento de misericordia, esto es, el corazón del Templo de Jerusalén y el Templo celestial. El Trono es imagen de la presencia absoluta de Dios (Sal. 99, 1.2.5) y como tal tiene una clara dimensión trascendental (Sal 103,19-21). En la contraparte terrestre (el Templo de Jerusalén) se puede entrar al Santo de los Santos, donde se encuentra el Trono, sólo una vez al año, para el Yom Kippur (Lev 16,11-16). En el Santo de los Santos, el Trono (ιλαστηριον) es la cubierta del Arca de la Alianza. Es aquí donde se presenta el sacrificio expiatorio esparciendo la sangre sacrificada del cordero sobre la superficie del asiento de misericordia (Lev. 16,15ss). Además de la expiación, el Trono manifiesta su naturaleza cúltica en la entronización de la simiente de David de acuerdo al Salmo 110. Por último, otra dimensión del Trono dice relación con el asiento del Juez escatológico como vemos en diversos textos como 11QMelk; 4Q 491; Exagogue, Jub 10,17 (donde Enoc toma parte del juicio final); 1Enoc 45,3 (donde el Elegido o Hijo del Hombre juzga a los hombres de acuerdo a sus actos); Mt 19,28. Estas imágenes en relación al trono se relacionan con la transformación de Jesús una vez que es exaltado por el Padre de acuerdo a antiguos testimonios cristológicos. Lo que está detrás no es sólo el modelo del Salmo 110; 16; 132; entre otros, sino que además el ejemplo de varios patriarcas de acuerdo a la literatura intertestamentaria. En el Nuevo Testamento esto se ilustra en distintos textos muy antiguos algunos de los cuales encontramos en los Hechos de los Apóstoles. El discurso de Esteban en Hch 7, 1-56 es buen ejemplo de ello. Se ubica en un contexto de polémica con el Templo (7,47-49) señalando explícitamente que la divinidad no habita en templos hechos de mano (7,48) por cuanto Dios mismo dice el cielo es mi trono y la tierra el estrado de mis pies (7,49). Esta crítica al Templo es común en gran parte de la apocalíptica judía y señala que el verdadero culto es el celeste y que todo culto terreno es una mala copia de aquel. De hecho Esteban ve el cielo abierto, imagen también presente en el viaje celestial de Juan en Apoc 4, 1ss, y en el los cielos abiertos, y al Hijo del hombre que está a la diestra de Dios (7,56). Ese mismo Hijo del Hombre es Jesús (mirad el paralelo entre 7,55 y 56)de quien, utilizando la imagen de Moisés, se dice que un profeta os levantará (aquí el verbo griego implica un juego entre levantar y resucitar) el Señor vuestro Dios de entre vuestros hermanos (7,37). La resurrección y/o ascensión viene a ser el viaje celestial de un Jesús que será transformado por medio de la entronización a la derecha del Padre.

Lo mismo afirma Hch 2,22-36, que recurre a los salmos 16, 132 y 110 para explicar la exaltación davídica de Jesús. En las referencias veterotestamentarias tanto la idea de la entronización como la de la vida después de la muerte se enfatizan y se relacionan. Así, en el Salmo 16,10 leemos: Tú no abandonarás mi alma al Hades, Tú no dejarás que tu santo experimente la corrupción. En Hch 2,31 leemos: Él (Jesús) no fue abandonado a la muerte. En el Salmo 16,8 se nos dice que David cantó: Yo tengo al Señor siempre delante de mí ;porque Él es mi mano derecha no vacilaré. En Hch 2 la resurrección de Jesús también se simboliza con el estar a la derecha del Padre. El Salmo 132 a su vez está introducido en Hch 2,30-31: Pero como era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento que un descendiente carnal suyo se sentaría en su trono, previó y predijo la resurrección del Mesías diciendo que no quedaría abandonado a la muerte ni su carne experimentaría la corrupción. Además, dos veces se dice de Dios que “levantó” a Jesús (2,24.32), mientras que de David se dice que no “no subió a los cielos” (2,34). Existe un juego de palabra con el verbo anestesw que significa “levantar”, “resucitar”, “ascender”. Hay en el uso de anastew una interpretación de la profecía de Natán en la versión de los LXX: Yo (Dios) levantaré a uno de tus descendientes (2Sam 7,12). El levantar en el caso de Jesús implica su resurrección. La metáfora exaltado por la diestra de Dios (2, 33) parece que relaciona la entronización de Jesús con la derecha del Padre, es decir, su metamorfosis haciéndolo Señor y Cristo (2,36) y haciendo que todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo (2,21). Esto se confirma cuando vemos el papel primordial que juega el Salmo 110 en los versículos 34-36 donde leemos: David no ascendió a los cielos, porque el mismo dijo: "El Señor dijo a mi Señor, siéntate a mi derecha" (2,34). En este pasaje Jesús es el Señor que ha sido exaltado a la derecha de Dios de acuerdo al Salmo 110. La resurrección se analoga con la entronización y con la unción de Jesús.

La misma dinámica se encuentra en Hch 5,30-31 con la idea que Dios levantó a Jesús (5, 30) y lo transforma como Príncipe y Salvador sentándolo a su derecha (Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador) (5,31). En este caso, la transformación de Jesús se relaciona no sólo con la entronización, sino el apelativo de nuevo Melquisedec porque provee a Israel del arrepentimiento y perdón divino (para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados) (5,31). Nuevamente el Salmo 110 está detrás de esta experiencia cristológica. En este texto el Salmo 110 es de gran importancia. El mesías davídico se presenta como un ser celestial que es también Señor de David. El Salmo 110,1 de nuevo: Dijo el Señor a mi señor: Siéntate a mi derecha hasta que haga a tus enemigos estrado de tus pies. La reflexión está en el uso de la palabra Señor tal como se afirma en Lc 20,44: Si David lo llama Señor, ¿cómo puede ser su hijo? Dicho de otro modo, Jesús ha sido entronizado en el trono de Gloria y ungido sacerdote a través de su resurrección, lo que lo convierte en un ser celestial de un estatus nunca antes visto ni en la tierra ni en los cielos.

Pablo recoge mucho de estos elementos cristológicos primitivos. En 1Cor 15 si bien no menciona explícitamente que Jesús fue entronizado al momento de su resurrección (Jesús resucitó al tercer día 1Cor 15,4-5), sí habla que debe reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo los pies (1Cor 15, 25). Aquí hay una clara alusión al Salmo 110,1 con la entronización implícita. Más aún el reino de Jesús sólo llegará a su fin cuando Jesús entregue el reino de Dios al Padre cuando sea abolido todo poder, autoridad y potestad (1Cor 15,24). Jesús es el Señor sentado en el Trono de Gloria en un período interino antes de la consumación final. El aspecto sacerdotal también se encuentra presente en el mismo texto cuando se refiere a una antigua tradición kerigmática: Cristo murió por nuestros pecados de acuerdo a las escrituras (1Cor 15,3). Aquí la muerte de Jesús se interpreta como sacrificio expiatorio por nuestros pecados. Otro texto que hace referencia al Salmo 110 en Pablo es Rm 8,34: ¿Quién condenará?¿Será acaso Cristo Jesús el que murió y después resucitó y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros? Aquí no sólo se menciona la entronización sino que también la función sacerdotal (el interceder) que aludiría de igual modo al Salmo 110. Otro importante texto paulino es Rm 1, 3-4: acerca de su Hijo que llegó a ser de la simiente de David de acuerdo a la carne y declarado Hijo de Dios con poder de acuerdo al espíritu de santidad por la resurrección de los muertos. Como Mesías davídico Jesús ha sido exaltado en el momento de su resurrección. Textos que enfatizan el carácter expiatorio de la muerte-resurrección de Jesús Sumo Sacerdote en Pablo: Rm 3, 23-25; 4,25; 5,9.19; 8,32.34. En todos estos textos existe una unidad entre la exaltación de Jesús y la expiación que realizó, en relación a su entronización y ministerio sumo sacerdotal. Teniendo de fondo el Salmo 110, Jesús es el sacerdote davídico que oficia en el Templo celestial esparciendo la sangre sacrificial sobre el asiento de misericordia y que luego es entronizado sobre el mismo asiento como rey sentándose a la derecha del Padre (Heb 8,1). Textos que enfatizan el carácter jurídico de la transformación de Jesús en Pablo: Rm 2,16b; 14,10-12; 1Cor 4,5; 2Cor 5,10; 1Tes 2,19. Cuando Pablo habla del Trono como asiento del Juez ocupa βημα.

La entronización de Jesús, rey y sacerdote, para hablar de su resurrección también está presente en el apócrifo de la Ascensión de Isaías donde el profeta sube por los siete cielos para escuchar la predicción sobre el Amado quien es llamado el Cristo. En el capítulo 9 se describe como Isaías se une a los justos que adoran a Cristo en los cielos. También los ángeles alaban a Jesús (9,28-32). Luego se ve como el Espíritu Santo es adorado (9,33-36). Finalmente, se ve como Cristo, el Ángel del Espíritu Santo y otros seres celestiales adoran a Dios, el Altísimo entre los supremos (10,6). Entonces Isaías contempla como Cristo es enviado al mundo y desciende por todos los cielos (10,8). Luego de mencionar su nacimiento y ministerio se predice la exaltación de Jesús en los siguientes términos: Tú ascenderás en Gloria y te sentarás a mi derecha (10,14). De nuevo se ve la influencia del Salmo 110. Cuando esta predicción se realiza Jesús asciende por cada uno de los siete cielos. Todos los ángeles, incluido Satán, le adoran. En el séptimo cielo, Jesús es solemnemente entronizado (11,32-33). Para más detalles: Messiah and the Throne, Eskola Timo, p.158-290.