Los deportados de Estalin que se quedaron en Siberia



Queridos amigos y benefactores,
Espero que estén muy bien. Por estos lados siberianos la primavera ya ha llegado, lo que anima mucho el cuerpo y el alma. Todo se está poniendo verde, y las inmensas estepas se repletan de flores y de árboles frondosos. Es realmente bonito. Este último tiempo me ha tocado viajar mucho, dando retiros y cursos bíblicos. Actualmente me encuentro en una ciudad llamada Kubyshev, a mitad de camino entre Omsk y Novosibirsk. Estos días he estado visitando personas mayores, llevándoles la comunión y conversando con ellos. La gran mayoría sufrieron la deportación y la cárcel en los tiempos de Estalin. Peter Stipanovich uno de ellos. Me gustaría compartir su historia. Nació en 1927 en Lvov (actualmente Ucrania) que era parte de Polonia. Su padre era un oficial polaco, su madre una judía convertida al catolicismo. Cuando la URSS acordó la repartición de Polonia con la Alemania Nazi su padre, junto a otros cientos de oficiales polacos, fue asesinado por los comunistas. Su madre moriría pocos años después, durante la consecuente ocupación alemana, en un campo de concentración. Cuando los rusos finalmente entraron en Ucrania para liberarla y marchar hacia Berlín, el joven Peter fue reclutado y llevado al frente donde fue herido casi al finalizar la guerra. Ya recuperado fue declarado sospechoso de antirrevolucionario. Los únicos antecedentes que se tenían era el haber sido hijo de un antiguo oficial polaco. Le hicieron firmar una confesión. De negarse habría sido fusilado como ocurrió con algunos de sus amigos que se encontraban en la misma posición. Fue deportado a trabajos forzados en Siberia durante diez años. Aquí trabajó en la construcción de Kubyshev (en verdad su modernización). Una vez libre, estudió y llegó a ser maestro de la construcción, para finalmente enseñar en un instituto en Novosibirsk por algunos años. Peter Stipanovich no guarda rencor. Reconoce que su vida fue extremadamente dura. Lo reconoce con una naturalidad muy profunda. Pero señala abiertamente que ya ha perdonado a todos los que le hicieron daño. Cuando uno le mira a los ojos sabe que está diciendo la verdad. Y esto es realmente hermoso. Es lo más grande del ser humano, la capacidad de perdonar. Yo como persona me siento tan maravillado ante lo que el hombre puede hacer. Como cura, me siento un verdadero privilegiado de poder compartir momentos de intimidad con personas de este calibre. Ser sacerdote en Siberia es una gran bendición. Cuando pienso que no tenía por qué terminar en Siberia, no me queda otra que agradecer a Dios por este regalo tan gratuito.