Mediadores sacerdotales en la Asunción de Moisés

Las figuras mediadoras-sacerdotales en la Asunción de Moisés (apócrifo judío escrito hacia el año 10 de nuestra era) revelan un prototipo que veremos presente en la primera reflexión cristológica. Como sumo sacerdote, Moisés se presenta como aquel que ha tomado sobre sí mismo el sufrimiento del pueblo y que ha profetizado lo que depara el futuro. Moisés dice: “Entonces se acordarán de mí aquel día, diciendo…¿Acaso no esto lo que en sus profecías nos atestiguaba entonces Moisés, que tanto sufrió en Egipto, en el Mar Rojo y en el desierto durante cuarenta años; y que al declararlo invocaba sobre nosotros como testigos al cielo y a la tierra, para que no transgrediéramos sus mandamientos, de los cuales él nos fue mediador?” (3,10-12). El rol sumo sacerdotal de Moisés se ve reforzado con las palabras que le dirige Josué : “Señor, tú te vas, ¿y quién va a alimentar a este pueblo? O ¿quién es el que se apiadará de ellos y quién será su guía en el camino? O ¿quién rezará por ellos, sin omitir ni un solo día, para que yo pueda conducirles a la tierra de los antepasados?” (11, 9-11). Más adelante Josué explica el temor que siente al pensar en cómo reaccionarán los enemigos de Israel cuando sepan de la muerte de Moisés. “¡Vayamos contra ellos!...No tienen abogado que presente en favor suyo oraciones al Señor, como lo era Moisés, el gran mensajero (¡ángel!), que a todas horas, día y noche, tenía sus rodillas fijas en tierra, rezando y con la mirada puesta en quien gobierna el mundo entero con misericordia y justicia, recordándole la alianza de los padres y aplacando al Señor con juramento” (11, 17). El mismo Moisés reconocer su rol sumo sacerdotal cuando explica: “El Señor me ha constituido como intercesor de ellos y de sus pecados para que rece e implore en favor suyo, pero no en atención a mi virtud o firmeza, sino que gratuitamente su misericordia y paciencia me alcanzaron” (12,6-7).

Es importante subrayar que el carácter sumo sacerdotal de Moisés adquiere rasgos cuasi divinos. Aunque no de manera explícita se afirma su pre-existencia cuando éste dice: “Desde el comienzo del mundo fui preparado para ser mediador de su alianza” (1,14). Más adelante cuando se explica su entierro las referencias gigantescas a su cuerpo que nos recuerda las proporciones gigantescas de Metatrón o de Jesús resucitado de acuerdo al Evangelio de Pedro. “Pues todos los que mueren a lo largo de los tiempos tienen sus sepulturas en la tierra; pero tu sepultura abarca desde el sol naciente hasta el poniente y desde el sur hasta los confines del norte; ¡el mundo entero es tu sepulcro!” (11, 8).
Moisés no es el único mediador entre Dios y el pueblo en la Ascensión de Moisés. Otro personaje importante es Taxo quien aparece en medio del castigo y cólera divina que se manifiesta contra la infidelidad e impiedad de los jefes políticos y religioso y que golpea al pueblo “como no les había sucedido desde el comienzo del mundo” (8,1). El justo sufre la persecución del rey de reyes y es castigado hasta tal extremo que se “crucificará a quienes confiesen su circuncisión” (8,1). El contexto es muy similar a 2Mac donde también los justos sufren persecución y sólo se salvan quienes esconden su circuncisión y adoran a los dioses paganos (2Mac 5,24). En medio de este castigo final el sacrificio del justo Taxo, como mediador y sacerdote, es capaz de aplacar la ira de Dios y apresurar su justicia. Taxo es presentado como “un hombre de la tribu de Leví” quien tiene siete hijos (2Mac 6,18ss; 2Mac 7), a los cuales exhorta diciendo: “Mirad, hijos míos, he aquí que ha sobrevenido al pueblo una segunda venganza, cruel e impura, repetición inmisericorde y superior a la primera… Ahora, por tanto, hijos míos, escuchadme; ved, pues y sabed que ni nuestros padres ni sus antepasados tentaron nunca a Dios de suerte que llegaran a transgredir sus mandamientos….ayunemos (1Mac 1,53; 2,31.36.41; 2Mac 6,11; 10,6) y al cuarto entremos en una cueva que hay en el campo y muramos antes que trasgredir los mandamientos del Señor…Pues si hacemos esto y morimos, nuestro sangre será vengada ante el Señor” (9,1-7). Como un sacrificio vivo, Taxo reconcilia a Dios con el mundo y apresura la venganza divina.

Es en este momento donde aparece el tercer mediador sacerdotal de la obra, un ser celestial identificado como el Enviado, y que se refiere probablemente al arcángel Miguel (aunque algunos autores identifican con el mismo Taxo transformado), quien venga a los justos en lugar de Dios. Su carácter sumo sacerdotal está dado en la referencia a su investidura en el primer bloque del himno: “Entonces se manifestará su reino sobre toda su creación, entonces el diablo tendrá su fin y la tristeza se alejará con él. Entonces será investido el Enviado, que en lo más alto se encuentra establecido, y al punto los vengará de sus enemigos”. En el segundo bloque la venganza por los justos es dirigida personalmente por Dios: “Pues se levantará el Celeste de su trono real y saldrá de su santa morada inflamado de cólera en favor de sus hijos…Pues el Altísimo Dios eterno se alzará solo, aparecerá para tomar venganza de las naciones y destruirá a todos sus ídolos” (10,1-7). La redención final del pueblo se da a través de la transformación de este en ángeles, algo no muy lejano a lo que Pablo entiende por resurrección: “Te exaltará Dios y te establecerá en el cielo de las estrellas, en el lugar de su morada” (10,9).