Andróginos, matrimonios, e imagen de Dios en el Evangelio de Felipe


En el Evangelio de Felipe el drama divino se refleja en el humano, y ambos han de ser redimidos en términos similares. Expliquemos el punto a través del mismo evangelio: Mientras Eva estaba con Adán, no existía la muerte. Cuando ella se separó de él, sobrevino la muerte. Si vuelve a entrar y se le recibe, no habrá más muerte (71)…Si la mujer no se hubiera separado del varón, no habría muerto con el varón. Su separación comportó el comienzo de la muerte. Por esto vino Cristo, para rectificar la separación acontecida desde el principio y de nuevo unirlos a los dos, y para dar vida y unir a los que habían muerto por la separación (78). Por su parte, la mujer se une a su esposo en la cámara nupcial. Y los que se han unido en la cámara nupcial ya no se separarán. Por ello se separó Eva de Adán, porque ella no se había unido a él en la cámara nupcial (80). Aquí se está hablando del ser humano como dividido o quebrado en dos géneros…algo que también refleja el drama divino. Recordemos que de acuerdo a Gn 1,26-27 Dios crea al hombre a su imagen y semejanza explicitando: varón y mujer los creó. Para el autor del Evangelio de Felipe esto quiere decir que Dios  existe al modo de un andrógino, o más exactamente como un syzygy, esto es como una serie de parejas masculinas-femeninas que se encuentran unidas al modo amoroso hombre-mujer. Esto es lo que se deja entrever en la serie de eones que emanan de Dios y que configuran el pleroma (o plenitud) divino. Estos eones siempre se entienden descendiendo en pares masculinos-femeninos, unidos de un modo complementario, erótico, procreativo…esto hasta que el orden divino se rompe cuando la Sabiduría, traspasando el orden natural de la pareja, decide por sí sola conocer al Padre o Dios supremo.  En otras palabras, la Sabiduría, movida por el deseo de conocer a Dios prescinde de su pareja masculina intención, y actúa por sí misma. Este movimiento independiente de la Sabiduría, que no es sino una pasión desordenada, produce el desequilibrio y la desarmonía en el pleroma…y es que lo femenino, de acuerdo a los estándares antiguos, sin una contraparte masculina (razón, equilibrio), se reduce a lo pasional, emocional, no racional. Como consecuencia de su error e ignorancia emerge el mundo material a partir a un dios menor conocido por los valentinianos como el dios justo (el Dios del Antiguo Testamento). Ante esta situación la Sabiduría comprende su error y se arrepiente profundamente. Entonces Dios decide redimir a la Sabiduría y envía a Jesús, la imagen del pleroma, para rescatarla…la redención definitiva sucederá al final de los tiempos cuando ambos se unan en la cámara nupcial y vuelvan a reconstruir la imagen divina andrógina.

Ahora bien, a nivel humano el movimiento es parecido. Nuestra vida también se encuentra rota a consecuencia de la pérdida de la imagen divina-andrógina original.  Nuestra existencia material, precaria, pasional, está representada por lo femenino, que ha de encontrar redención en la unión nupcial con su contraparte angelical que representa lo masculino. Esta unión se produce a dos niveles. El primero es escatológico, es decir, al final de los tiempos el pleroma se convertirá en una gran cámara nupcial donde entraremos para consumar la unión amorosa con nuestro ángel y así vivir eternamente como un syzygy. El segundo es en nuestra vida y se produce no sólo a partir de las experiencias visionarias del creyente, sino que también a través del valor simbólico que el texto le atribuye al matrimonio. Es probable que el creyente de este evangelio  aspirase a una unión matrimonial con un fuerte contenido espiritual, donde la unión sexual ha de realizarse conduciendo los pensamientos a Dios (¡como en la futura mística cabalística de la Zohar!) para así procrear hijos iluminados. Pensad en la unión […], pues posee [un gran] poder. Su imagen consiste en un mancillamiento (60b). Entre las formas del espíritu impuro las hay masculinas y femeninas. Las masculinas son las que cohabitan con las almas que se albergan en una forma femenina. Las femeninas, por su parte, son las que se mezclan con las que se albergan en una forma masculina, por mor de un desobediente. Y nadie podrá huir de estos espíritus si ellos lo aferran, a no ser que reciba una fuerza masculina y una femenina, a saber, el esposo y la esposa. Se los recibe, empero, en la imagen de la cámara nupcial (61ª). Cuando las mujeres necias ven a un varón que está solo, se abalanzan sobre él, se divierten con él y lo mancillan. Así también con los hombres necios: cuando ven a una mujer hermosa que habita sola, la seducen y la violentan, deseando mancillarla. Pero si ven al marido y a su esposa habitando juntos, ni los espíritus femeninos penetran en el varón, ni los masculinos en la mujer. Así ocurre si la imagen y el ángel están unidos entre sí: tampoco nadie osará penetrar en el varón o la mujer (61b). Esto estaría en plena concordancia con el pensamiento antiguo que señalaba que los pensamientos de los progenitores en la relación sexual eran determinantes en la constitución del bebe. Para más detalles. April DeConick, Holy Misogyny, Continuum, 2011, p. 97-99