Sacerdotes, ángeles, y pilares en el Apocalipsis

La
transformación sacerdotal guarda estrecha relación con la angelical. Sabemos
que en el templo celestial son los ángeles quienes presiden la liturgia eterna.
Los creyentes están llamados a unírseles a través de su propia transfiguración
angelical. Esta transfiguración se manifiesta en la denominación que se hace
del creyente como “los santos” (Ap. 5,8; 8,3; , 11,8), propia de los ángeles.
También leemos en Ap. 15,2-4 como al modo de los ángeles los creyentes adoran a
Dios en el firmamento, debajo del trono de Dios: “Vi una especie de mar transparente (Ex 24,9;Ez 1,24) veteado de fuego. Los que habían vencido a la
fiera, a su imagen y al número de su nombre estaban junto al mar transparente
con las cítaras de Dios.15,3: Cantan el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el
cántico del Cordero: Grandes y admirables son tus obras, Señor Dios
Todopoderoso; justos y acertados tus caminos, Rey de las naciones. 15,4: ¿Quién no te respetará, Señor, quién no
dará gloria a tu nombre? Tú sólo eres santo, y todas las naciones vendrán a
adorarte en tu presencia, porque se han revelado tus decisiones”.
Existe,
por último, otra característica en este proceso transformativo de la comunidad
creyente. Al modo de los Cánticos del
sacrificio sabático (4Q 403 1i), de la literatura deutero paulina (Ef
2,20-22), y de la posterior literatura de Hejalot
(ver también 1Pe 2,5-10), la comunidad
se convierte en el nuevo templo personificando elementos estructurales del
edificio. Leemos en Ap 3,12: “ Al vencedor lo haré columna en el templo de mi
Dios (1Re 7,21; Is 22,15) y
no volverá a salir; en ella grabaré el nombre de mi Dios y el nombre de la
ciudad de mi Dios, de la nueva Jerusalén que baja del cielo desde mi Dios, y mi
nombre nuevo”. Esta transformación está ligada con otro
motivo dominante de la temprana mística judía. El creyente vuelve al paraíso,
superando la transgresión de Adán, convirtiéndose en un segundo Adán,
reflejando de nuevo la gloria de Dios. Esta imagen se refleja en la fuente de
aguas vivas que, al modo del paraíso (Gn 2, 10-14; Sal 46,5; Ez 47,1-12;
Joel 4,18; Zac 13,1; 14,6), emerge del
templo celestial. Leemos: “porque
el Cordero que está en el trono los apacentará y los guiará a fuentes de agua
viva” (Ap.
7,17); “Yo [soy] el alfa y la
omega, el principio y el fin. Al sediento le daré a beber de balde del
manantial de la vida” (Ap. 21,6); “Me mostró un río de agua viva, brillante como
cristal, que brotaba del trono de Dios y del Cordero. 22,2: En medio de la plaza y en los márgenes del
río crece el árbol de la vida, que da fruto doce veces: cada mes una cosecha, y
sus hojas son medicinales para las naciones”
(Ap. 22,1-2). Para más
detalles: Elgvin, Torleif, “From the Earthly to the Heavenly Temple: Lines from
the Bible and Qumran to Hebrews and Revelation”, en: The World of Jesus and the Church and the Early Church, Hendrickson
Publisher, 2011, p. 23-36
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