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Conocimiento de Dios y transformación de la mente en Pablo.

Sabemos que el ideario místico de Pablo (ver: aquí aquí ) pasa por el hecho que el creyente trasparente la gloria divina reflejada en Cristo: A los que había destinado los llamó, a los que llamó los hizo justos, a los que hizo justos los glorificó (Rm 8,30). Esta idea descansa sobre el supuesto que Cristo, como el segundo Adán, es la imagen gloriosa de Dios. Para reflejar la imagen gloriosa del rostro de Cristo resucitado el creyente ha de transformar su mente  (νουζ), esto es, no  conformase ya a la mente del primer y corruptible Adán sino que a la del segundo, el glorioso y justo Jesús.  En la antigüedad se relacionaba a las pasiones en contraposición con la razón. El sabio sería capaz de vencer a las pasiones a través del conocimiento o verdad. En Pablo, sin embargo, el término νουζ,  aunque neutral, también se ha visto afectado por las consecuencias del pecado de Adán (Rm 1,28; Ef 4,17; Col 2, 18). Es decir no es un término en estado de perfección. En efecto, los descendientes paganos de Adán y Eva tienen la mente obstruida: Alardeaban de sabios, resultaron necios, cambiaron la gloria del Dios incorruptible por imágenes de hombres corruptibles, de aves, cuadrúpedos y reptiles (Rm 1,23-24).  Otro texto ilustrativo es Rm 7, 7-25: Lo que realizo no lo entiendo, porque no hago lo que quiero, sino que hago lo que detesto. Pero si hago lo que no quiero, con eso reconozco que la ley es excelente.  Ahora bien, no soy yo quien hace eso, sino el pecado que habita en mí. Sé que nada bueno hay en mí, es decir, en mis bajos instintos. El deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo. No hago el bien que quiero, sino que practico el mal que no quiero. Pero si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo ejecuta, sino el pecado que habita en mí. Otro texto deuteropaulino que expresa bien esta condición del primer Adán que todos compartimos es Ef 2,1-3: estabais muertos en vuestros delitos y pecados en los cuales anduvisteis en otro tiempo según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia entre los cuales también todos nosotros en otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Ahora bien, la mente de los judíos está tan obstruida como la de los paganos. Y es que  este es el mismo error en el  que la generación de judíos en el Sinaí incurrieron: cambiaron su gloria por la imagen de un toro que come hierba (Salm 105,20 LXX). Los judíos, aunque aleguen conocer la Ley, no quedan excluidos de la dinámica págana.  En Rm 7 se explicita el mismo movimiento del primer Adán  en relación al pueblo de Israel, quien,  a través de la Ley, pueden conocer el bien y el mal. A pesar de este conocimiento, el hombre no puede resistirse a hacer el mal. 

Por lo tanto, el orden de la creación (paganos) y de la Alianza (judíos) se ha visto trastocado. La ignorancia ha obstruido sus mentes. Para Pablo esto tiene consecuencias sexuales en lo que él considera pasiones vergonzosas: Sus mujeres sustituyeron las relaciones naturales con otras antinaturales. Lo mismo los hombres: dejando la relación natural con la mujer, se encendieron en deseo mutuo, cometiendo infamias hombres con hombres y recibiendo en su persona la paga merecida por su extravío. De nuevo, en el contexto de las pasiones vergonzosas, encontramos relaciones con la caída del primer Adán y la generación del Sinaí. Luego de comer se nos dice que el pueblo  se sentó a comer y a beber, y se levantó a regocijarse (לצחק)  (Ex 32:6). Este verbo “לצחק” puede tener connotaciones sexuales como en Gn 26,8 (en la forma de piel) o de burlas como en  Gn 39,14.17.

Lo que nos libera de la ceguera idolatra de nuestro intelecto, según Pablo,  es un genuino conocimiento de Dios. Particularmente importante en este sentido es Rm 1,18-32. En estos versículos tenemos “γνοντεζ” en 1,21: Pues aunque conocían a Dios, no le honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido. “επιγνοντεζ” en Rm 1,31: sin entendimiento, indignos de confianza, sin amor, despiadados. “γνωστον” en Rm 1,19: porque lo que se conoce acerca de Dios es evidente dentro de ellos, pues Dios se lo hizo evidente. Por lo tanto Rm 1,18-32 trata  de la revelación de la justicia de Dios y su ira. La revelación de la justicia de Dios está en el corazón de los primeros capítulos de la carta: Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe; como está escrito: MAS EL JUSTO POR LA FE VIVIRÁ (Rm 1:17).  Una forma antigua de conocimiento es reemplazada por el nuevo conocimiento determinado por el valor soteriológico de la muerte de Jesús como revelación del amor y fidelidad de Dios (2Cor 5,14- 15,21). Otro texto que se refiere a este nuevo tipo de conocimiento es Rm 8, 37-39: Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes,  Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro.  La respuesta del cristiano en este nuevo conocimiento se refleja en la fe, cuyo prototipo es Abraham, quien a pesar del cuerpo “muerto” de Sará creyó: Y sin debilitarse en la fe contempló su propio cuerpo, que ya estaba como muerto puesto que tenía como cien años, y la esterilidad de la matriz de Sara (Rm 4:19). La revelación de la ira divina, por el contrario, se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que con injusticia restringen la verdad; (Rm 1:18).