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La praxis espiritual en el Tratado Tripartito

Es difícil imaginar la vida espiritual y sacramental de los cristianos gnósticos que se guiaban por el Tratado Tripartito. Como hemos visto en otra entrada, la descripción del Logos es análoga a la de la Sabiduría en otros mitos gnósticos. La caída del Logos, y el origen consecuente del orden material, comienzan a través de las emociones o pasiones tendientes a aprehender al Padre. Amor, audacia, y movimiento caracterizan la acción del Logos. La pasión es llamada enfermedad y todos aquellos afectados por ella necesitan ser sanados. Los apóstoles y los evangelistas son los médicos del alma quienes sanan al enfermo. Los cristianos gnósticos aspiran a una vida libre de los vaivenes propios de las pasiones y emociones. Una vida lo más cercana a la apatía. El horizonte aspiracional del cristiano es liberarse de las pasiones.

En este proceso de sanación es importante la distinción entre los cristianos espirituales y los físicos. La distinción entre ambos se da en relación a la experiencia o no del rito de la cámara nupcial.  En la cámara nupcial se reproduce la unión erótica entre el cristiano y su gemelo angelical , unión entre la Iglesia espiritual y terrena. Los espirituales son los elegidos, los que han experimentado la cámara nupcial, mientras que los físicos permanecen afuera, alegrándose ante la cámara nupcial. Esta distinción jerárquica es, sin embargo, temporal porque al final de los tiempos, todos los miembros de la iglesia van a recibir la restauración en el pleroma (122,12-129.34) disfrutando todos de la cámara nupcial que es el Amor del Padre. Hay, sin embargo, un grupo que no se salvará.  Además de los espirituales y físicos existen también los materiales quienes están condenados a la destrucción.

Además de la cámara nupcial, el bautismo también es importante (NHC I 127,25-129,34). Se habla del bautismo en sentido pleno, como contrapuesto al que se práctica  en general en la Iglesia proto-ortodoxa. El bautismo es equivalente a la redención e implica entrar en un estado de tranquilidad, iluminación, e inmortalidad. Se practica en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu y supone una catequesis y una profesión de fe. Es probable que la profesión de fe se hiciera en tres ocasiones cada vez que el iniciado se sumergiese en el nombre del Padre, luego en el Hijo, y luego en el Espíritu. Sólo en el bautismo la salvación ocurre porque desencadena la transformación del sujeto (128,5-19) que vuelve a su unidad  y al Padre a través del conocimiento: “(Los bautizados) alcanzan, por una parte, de una forma invisible, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo con la fe, por otra parte, de una forma inquebrantable, porque le han rendido testimonio, y con una firme esperanza los comprenden, de modo que pueda llegar a ser la perfección de lo que han profesado y así se realiza el retorno hacia ellos y  así el Padre es uno con ellos, el Padre, el Dios, que han confesado con fe y que les ha otorgado unirse con él en el conocimiento. El bautismo recibe varios nombres, “vestido de los que no se despojan de él” porque los que lo revestirán y los que han recibido la redención lo llevan; ...“la confirmación infalible de la verdad”;...“silencio” a causa de la quietud y la tranquilidad; ... “cámara nupcial”, por el acuerdo y la inseparabilidad de los que han conocido, porque lo han conocido;...“luz que no declina y es sin llama”, puesto que no da luz, sino que los que la llevan son luz, que son también a los que revistió;“la vida eterna”, o sea, la inmortalidad y se lo llama según todo lo que es grato, absolutamente, en el más propio sentido, inseparable e inamoviblemente, perfecta e imperturbablemente, incluido lo que se haya dejado de lado”. Es posible que el vestirse y el llevar lámparas fuese parte del ritual del bautismo (128,19-129,34).

Este bautismo está relacionado con la cámara nupcial, es decir con el conocimiento de sí mismo (del sujeto) a cambio de la confesión de fe. En otras palabras, la redención y la cámara nupcial constituyen una especie de segundo bautismo (NHC I 128, 30) que se puede ir repitiendo. Esta unión entre el sujeto y el Padre como cámara nupcial también es conocida en el Evangelio de Felipe (II 84, 14-85,21; 86, 1-18) donde el pleroma representa la cámara nupcial, aunque en el caso de Felipe parece constituir un solo rito de iniciación. La imagen del Templo también sirve en el sentido que el velo que separa el pleroma de los demás eones ha sido destruido. El pleroma se entiende (NHC I 122, 12) como la cámara nupcial donde el elegido espiritual experimenta la última restauración como el novio del Salvador, mientras que los físicos o hombres de Iglesia sirven con alegría fuera del pleroma, en el eón de las imágenes.En este sentido se habla de los besos santos al modo que el Padre besa al Hijo constantemente generando una descendencia numerosa e indivisible al modo como se genera la Iglesia.