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Creación y Alianza: Eclo (1)

En el Eclo 24 (versión griega) tiene tres partes: el relato autobiográfico de la  sabiduría y su ventual migración hacia Israel en los v.v. 1-22; una referencia en primera persona sobre las profundidades de la sabiduría (v.v. 23-29); y el cierre en primera persona de Ben Siran (v.v. 30-34). Comencemos con el relato autobiográfico de la sabiduría y cómo se relaciona con el relato de la creación y con la Alianza mosaica. Ya en los v.v. 3-4  aparecen claros paralelos con el relato de la creación. En 24,3 la sabiduría cubre la tierra como la niebla haciendo referencia al espíritu de Dios cubriendo las aguas en Gn 1,2. En 24,5 se habla de la sabiduría recorriendo el arco del cielo y atravesando la hondura del abismo, haciendo referencia a la separación entre las realidades superiores e inferiores del segundo día de la creación. En 24,6 la sabiduría nos dice que ella reina sobre las olas del mar y los continentes, haciendo alusión sobre la separación entre los mares y la tierra. En el mismo versículo, se pasa por alto todos los demás estadios de la creación y menciona directamente a todos los pueblos y las naciones.  Luego, en el v. 7, ya habiéndose realizado la creación, la sabiduría busca un lugar donde habitar. Así, en el v. 8 la sabiduría dice que el creador del universo le ordenó que residiera en Israel. Más aún, en el v. 10 la sabiduría se describe sirviendo en el tabernáculo y sirviendo en Sión. Es interesante constatar que tanto la sabiduría como Israel divagan hasta que Dios los une en el templo y en Jerusalén. Esta unión también hace referencia al relato del Gn y a la unión entre el pueblo y Dios a través de la alianza mosaica. En el v. 13-17 la sabiduría hace referencia a varias imágenes vegetales, describiendo una imágen muy parecida al Jardín del Edén. Más aún, la sabiduría contenida en la Torá se puede analogar con seis cuerpos de aguas, cuatro de los cuales emanan del Jardín del Edén: el Tigris, el Pisón, el Eufrates y el Guijón (v.v. 24-27). Lo mismo que Dios creó y llevó a Eva delante de Adán, así también llevó a la sabiduría a Israel para que habitara allí. Las aluciones al Jardín del Edén son todavía más claras en los v.v. 19-22: 
Vengan a mí los que me aman,
   y coman todo lo que quieran de mis frutos (Gn 3,6);
 
 24,20: mi recuerdo es más dulce que la miel,
   poseerme es mejor que los panales.
 
 24,21: El que me come tendrá más hambre,
   el que me bebe tendrá más sed;
 
 24,22: el que me escucha no fracasará,
   el que me pone en práctica no pecará (Gn 2,25).

Recordemos que de acuerdo al relato del Gn el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal no es malo en sí, lo que constituye una trasgreción es el querer adquirir la sabiduría prescindiendo de Dios. 

Además del capt. 24, el primero es también muy importante al momento de relacionar la sabiduría con el relato de la creación y la alianza mosaica. Lo mismo que en el capt. 24, el capt. primero describe la historia de la Alianza como la fase final del acto de la creación. De hecho, Dios regaló la sabiduría a quienes la aman, esto es, a Israel, los mismos sobre los que descansó la sabiduría después de divagar por distintos lugares (24,11). 

Vamos también al Eclo 16,24-17, 23 donde se narra la historia del mundo desde la creación hasta la revelación del Sinaí. Como sabemos, la transmisión de la sabiduría divina a Israel es la última fase de la creación. En los v.v. 6-10 del capt. 17 se induce que la sabiduría es un don de Dios para toda la humanidad. Sin embargo, y más adelante, expresiones como la ley de la vida (11), la Alianza eterna (12) y los decretos (12) que Dios ordena confirma que los versículos 11b-13 se refieren a la Tora. De igual manera, la teofanía descrita en los v.v. 13-14 en la cual el pueblo contempló la majestad de la gloria (de Dios) y sus oídos escucharon la gloria de su voz nos lleva a la experiencia del Sinaí. Esta ley de vida (17,11) hace que los israelitas puedan trascender su mortalidad de 17,1 y asumir la inmortalidad de los cuerpos celestiales (16,27). 

Para más detalles: Creation, Covenant and the Beginnings of Judaísm, p.17-21