Alianza: Segunda Persepectiva, la Ley y la Sabiduría como expresión de un orden cósmico.

La Torá también se puede entender como expresión de una razón divina (no sólo como expresión de la voluntad divina como veíamos en una entrada anterior). La cuestión aquí es si la tradición bíblica contiene algo parecido al concepto griego de la ley natural. Lo primero es que según algunos textos la Torá se puede entender como expresión de un orden universal. Por ejemplo, en la historia de Caín, éste es culpable porque hay una santidad en la vida humana que es universal y que él violó. En la historia del diluvio también se presume un orden moral universal que se vio violado cuando se dice que la tierra llegó a ser corrupta delante de Elohim, la tierra estaba llena de injusticias. Cuando Elohim vió cuan corrupta estaba la tierra, porque toda la carne había corruptido sus caminos en la tierra... (Gn 6,11-13a). La injusticia, en este texto, no es otra cosa sino la violación de las leyes divinas positivas que se habían revelado, leyes implícitas y universales que hacían la convivencia posible. Lo mismo se podría decir de las aberraciones de los hijos de Jacob con su hermana Dina (Gn 34,7) o de la historia de Sodoma y Gomorra, historias que suponen la violación a de leyes que, aunque no reveladas, son expresión de una verdad moral universal. Este principio es importante porque Israel entiende que la voz de Dios se escucha en la creación y en la Torá, ambos principios relacionados. Toda la creación es expresión de la Ley de Dios y de su propósito moral, y toda la Torá está en consonancia con la naturaleza y con el consenso de la comunidad. La voz de los profetas en contra de las aberraciones de las naciones vecinas descanzan sobre este supuesto (Am 1-2; Is 13-23; Jr 46-51). En este sentido la ley revelada en el Sinaí sería racional y universal. ¿O qué gran nacion tiene leyes y reglas tan perfectas como todas las enseñanzas que he puesto delante vuestro este día? (Dt. 4,6). En este sentido la tradición sapiencial juega un papel muy importante. El relacionar a la Torá con la sabiduría se la está enmarcando en el orden de la naturaleza y la creación (Prov 8,22-23. 27-30a. 32-33. 35-36). Y es que la creación ha sido informada o instruida por la Sabiduría (Prov 3,19-20). Así, la Torá va adquieriendo una naturaleza estática como se vislumbra en Dt 4,2 y 13,1. En estos textos se dice que el hombre no puede modificar a la Ley, esta no cambia porque Yavé no cambia (Mal 3,6; Nm 23,19; Is 46,10-11). La Ley pudo haber sido revelada en el Sinaí, pero existía inalterada con Yavé un gran tiempo antes de este acontecimiento. En ese sentido la Ley divina se dirige a un sujeto racional capaz de tomar decisiones morales. En Ex 22,20 se apela a esta cualidad del receptor cuando se señala: Al extranjero no maltratarás ni oprimirás, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto. Lo mismo podemos decir de Dt 24,20.22: Cuando sacudas tus olivos, no recorrerás las ramas que hayas dejado tras de ti, serán para el forastero, para el huérfano y para la viuda. Recordarás que tú fuiste esclavo en la tierra de Egipto; por tanto, yo te mando que hagas esto. Y es que la Torá, desde esta perspectiva tiene que ser comprensible (Dt 30,11-14). Por eso se dice que la Torá no está fuera del alcance de las personas, no está en los cielos, sino que por el contrario está muy cerca del hombre, está en su boca y en su corazón. Así, el ideal del hombre que observa la Torá no sería el siervo obediente como vimos en otra entrada, sino el sabio que estudia la Ley con todas sus capacidades, también intelectuales, para llevarla a la práctica. Por eso mismo es que Moisés no es sólo el siervo de Yavé (Gn 34,5) sino aquel que discute, argumenta y razona moralmente con Dios. Para más detalles: What´s Divine About Divine Law?: Early Perspectives,  p.24-41