El trono, la gloria, y la experiencia religiosa en el Apocalipsis de Juan


La identificación entre el creyente y la divinidad es un tópico importante en el libro del Apocalipsis. Esta fusión se realiza cuando el cristiano contempla el rostro de Dios y el nombre divino se inscribe en su frente (Ap 22,4). Este elemento confirma el carácter místico del libro del Apocalipsis. A pesar que los secretos que se revelan tienen que ver con el futuro, las visiones dicen relación con la realidad cotemporánea del autor, especialmente con lo concerniente a las relaciones con las autoridades imperiales y sus contrapartes demoniacas. Y es que el Apocalipsis es parte de la tradicion visionaria que arranca y es influida por las obras de Daniel y Ezequiel. La visiones concernientes a Cristo, los cielos, Babilonia, la guerra contra Gog y Magog, y finalmente la Nueva Jerusalén, todo tiene relación con las antiguas tradiciones apocalípticas. El primer capítulo de Ezequiel, clave en el desarrollo de la mística de la Mercabá, contribuye en el vocabulario visionario del Apocalipsis en dos partes cruciales, 1,3ss y 4,1ss; y en las referencias al trono, divino y diabólico, que recorren la obra. En Ez 1 el profeta ve a Dios, como una figura humana, sentado en el trono-carro. Además ve a la gloria de Dios partiendo del templo de Jerusalén, dejándolo indefenso y accediendo así a la destrucción del santuario. Además, a veces, aquella extraña figura de fuego y luz aparece a Ezequiel sin ninguna referencia al trono y actúa como su agente llevándolo por los cielos a Jerusalén (Ez 8,2). Esa enigmática figura es muy importane. Tanto en Dn 10 como en Ez 1 y 8 contemplamos esa figura gloriosa, como de fuego, apareciendo al visionario. Es interesante constatar que esa divina figura que representa a la gloria divina puede aparecer de manera independiente al trono-carro, tal como lo hace la Figura Humana de la visión de Ap 1,13ss. La visión de esta figura y el trono se vislubram también en Dn 10 donde el vidente se encuentra ayunando y rezando mientras espera la divina iluminación, y de pronto decribe la aparicion de un ser celestial excelso, como de figura humana. Esta descripción se hereda, como hemos dicho, de la gran visión de Ezequiel sobre Dios entronizado sobre el trono-carro en el capítulo uno, como también del capítulo 9,2. Hay otros textos que hablan de esta figura que influye tanto en el Apoclipsis y que se identifica con la gloria entronizada distinta a Dios. En Ezequiel el Tramaturgo vemos a Moisés entronizado con una corona sobre su cabeza y un cetro en sus manos. En las Similitudes de Enoc vemos al Hijo del Hombre o el Elegido sentado en el trono de gloria (1Enoc 69,29). El Hijo del Hombre ejercita el juicio final como rey en Mat 25,31ss. En el Testamento de Abraham vemos que en el juicio Abel está sentado en un trono que nos trae a la memoria el de Dios. El texto dice: en medio de dos puertas estaba un trono, pavoroso en apariencia, de terrible cristales, brillando como el fuego, y sobre él estaba sentado un hombre impresionante que brillaba como el sol y semejante a un hijo de (Rec. A, ch. 11f.). En todos estos ejemplos es un hombre justo que ha sido transformado quien lleva a cabo el juicio final como viceregente o juez. Cuando Juan vislumbra a Jesús glorioso en el trono hay que tener en cuenta, como transfondo, estos dos elementos: las experiencias de tanto visionarios que habían visto a seres prominentes relacionados en el cielo con la gloria y el juicio; y el objetivo final, la identificación del creyente con este personaje a través de una experiencia religiosa potente representada en la idea de llevar su nombre.