Profetas, obispos, y diáconos en las primeras comunidades

Algunos textos antiguos nos dan alguna idea de la problemática del profetismo en las primeras comunidades cristianas, especialmente en lo que se refiere al discernir a los verdaderos de los falsos. En un texto de la Didaje leemos: “Todo apóstol (se habla de apóstol y profeta indistintamente) que venga a vosotros, sea recibido como el Señor. Sin embargo, no se detendrá más que un solo día. Si hubiera necesidad, otro más. Mas si se queda tres días, es un falso profeta. Al salir el apóstol, nada lleve consigo, si no fuere pan, hasta nuevo alojamiento. Si pide dinero es un falso profeta. No tentéis ni examinéis a ningún profeta que habla en el espíritu, porque “todo pecado será perdonado”, mas “este pecado” no se perdonará (Mt 12,31). Sin embargo, no todo el que habla en espíritu es profeta, sino el que tiene el modo del Señor. Así pues, por el modo se discernirá al falso profeta y al profeta. Además, todo profeta que manda en espíritu poner una mesa, no come de ella; en caso contrario, es un falso profeta. Igualmente, todo profeta que enseña la verdad, si no practica lo que enseña es un falso profeta… (XI, 4-10). También en el Pastor de Hermas leemos: “¿Cómo se conocerá cuál es profeta y cuál falso profeta? Escucha, me dijo, sobre ambos tipos de profeta. Y conforme te voy a decir, así examinarás al profeta y al falso profeta. Al hombre que tenga el Espíritu divino examínalo desde su vida. Ante todo el que tiene el Espíritu divino de los alto es manso, sereno, y humilde; vive alejado de toda maldad y de todo deseo vano de este siglo; se hace a sí mismo el más necesitado de todos los hombres; no responde palabra a nadie por ser preguntado, no habla a sombra de tejado; ni cuando el hombre quiere habla el Espíritu Santo, sino entonces habla, cuando Dios quiere habla. Ahora bien, cuando un hombre, poseído del Espíritu divino, llega a una asamblea (synagoge) de varones justos que tienen fe en el Espíritu divino, y en aquella reunión de hombres justos se hace una súplica a Dios, entonces el ángel del espíritu profético, que está junto a él, llena a aquel hombre y así completo del Espíritu Santo, habla el hombre a la multitud según lo que quiere el Señor…Escucha ahora, continuó diciéndome, las señales del espíritu terreno y vacuo y que no tiene potencia, sino que es necio. En primer lugar, el hombre que aparenta tener el espíritu, se exalta a sí mismo, quiere ocupar los primeros puestos; se hace enseguida impúdico y desvergonzado y charlatán; vive entre toda clase de deleites y en muchos otros engaños; recibe paga por sus profecías, y si no se le paga, no profetiza…En segundo lugar, el falso profeta no se acerca para nada a reunión alguna de varones justos, sino que huye de ellos. En cambio, anda pegado a los vacilantes y vacuos, les echa sus profecías por los rincones y los embauca” (11,7-13).

Paralelamente vemos como la jerarquía eclesial también se desarrolla y se discierne en la iglesia primitiva aunque de manera no tan carismática. Es una tendencia más conservadora e institucionalizadora. Ya en los evangelios esta dinámica está presente de manera tan temprana como en el saludo epistolar de Pablo en Flp 1, 1: “Pablo y Timoteo, siervos de Cristo Jesús a todos los consagrados a Cristo Jesús que residen en Filipos, incluidos sus obispos y diáconos”. En los Padres Apostólicos leemos como los obispos y diáconos ayudan en el discernimiento de los verdaderos o falsos profetas: “Así pues, elegid para vosotros vigilantes (episkopous) y ministros (diakonous) dignos del Señor, que sean hombres mansos, desinteresados, verdaderos y probados, porque también ellos os administran el ministerio de los profetas y maestros. Por lo tanto, no los despreciéis, pues ellos son los que son honrados por vosotros junto con los profetas y maestros” (D. Ruíz Bueno, Padres apostólicos, p. 88-81-92). También en 1tim 3,1ss se dan algunas importantes recomendaciones: “El obispo ha de ser intachable, fiel a su mujer, sobrio, modesto, cortés, hospitalario, buen maestro, no bebedor ni pendenciero, sino amable, pacífico, desinteresado; ha de regir a su familia con acierto, manteniendo sumisos a los hijos, con toda dignidad; porque si uno no sabe regir la propia familia, ¿cómo se ocupará de la iglesia de Dios?”.