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¿Cómo disuadir a los gentiles de seguir la Ley?

La relación entre Pablo y la Ley es uno de los aspectos más problemáticos en el estudio del N.T. Para C. Hayes (What´s Divine about Divine Law?) Pablo sigue el esquema apocalíptico de acuerdo al cual las naciones se unirían a Israel para adorar a Yavé al final de los tiempos, pero esta unión no significaría convertirse en Israel. Es una inclusión y exclusión de los gentiles en el pueblo de Israel. En algún sentido los gentiles que han aceptado a Cristo son "Israel", de acuerdo al espíritu, a las promesas, a la fe, pero, y al mismo tiempo, no se convierten en judíos de acuerdo a la Ley a través de la circuncisión. Y es que de acuerdo a la mentalidad apocalíptica, el Reino de Dios se organizaba al modo del Templo, a través de circulos concéntricos. En el área más santa del templo sólo el sumo sacerdote tenía acceso, luego en santidad decreciente, los sacerdotes, los levitas, los hombres israelitas, las mujeres, y finalmente los géntiles. Los gentiles que han sido santificados en Cristo (1Co 1,2) y que se han abstenido de la polusión que deriva de actos idolátricos o de porneia pueden entrar en este espacio sagrado, pero siempre en el lugar que le corresponde a los gentiles siguiendo el orden del templo. Los gentiles pueden ser hijos de Abraham, y como él pueden ser justificados por la fe sin estar circuncidados (Rm 4, 9-12), pero lo son de acuerdo a la promesa (Gal3, 29) distinguiéndose así de los judíos que son herederos de Abraham de acuerdo a la carne.  El Reino de Dios incluye a los gentiles como descendientes de la semilla de Abraham (Jesús), pero los excluye de los privilegios y derechos de la Torá que es patrimonio exclusivo de la semilla de Israel a través de Isaac. En ese sentido Pablo se opondrá a la aplicación de la Torá y de la circuncisión de los gentiles, pero admitirá que la observancia de esta es aplicable a los judíos. Más específicamente, Pablo cree que no sólo los gentiles, sino que también los judíos han sido liberados del pecado a través de la fe en Cristo y no a través de la Ley (Rm 3, 28-30).  Habiendo muerto con Cristo, los judíos también se han visto libres de las pasiones del cuerpo y de los deseos que les impedían cumplir a la perfección la Torá. En ese sentido hasta Cristo, los judíos combatían contra el pecado. Libres del pecado a través de la fe en Cristo, los judíos pueden cumplir la Tora sin esfuerzo al modo de las promesas escatológicas de Jr 31, y Ez 36. Los judíos no están libres de la Ley a consecuencia de Jesús, sino que están libres del estado de pecado que les impedía cumplir a la perfección la Ley. En cuanto a los gentiles la estrategia de Pablo es doble. Por una parte tiene que convenserlos de la existencia de un sólo Dios creador, de abstenerse de la idolatría y de la inmoralidad. Por otra, que no es necesaria la circuncisión ni la obediencia a la Torá, elementos que de por sí eran muy atractivos para los conversos. ¿Cómo hace esto último? Con una artillería muy completa de argumentos para disuadir a los gentiles de la conveniencia de seguir la Torá.  En Rm 7, 7b-10 argumenta que la Torá es contraria a la naturaleza, sino que es temporal y positiva y que se aplica a través de la obediencia más que como una instrucción racional que cultiva la virtud. Como cualquier ley convencional, la Torá no es eterna, fue dada en un momento espícifico de la historia, 430 años después de las promesas hechas a Abraham (Gal 3,19). La Torá se llega a relacionar con las siguientes contraposiciones: Ley v/s gracia; pecado v/s justificación; muerte v/s vida;  la ley del pecado y la muerte v/s la ley en el Espíritu en Cristo; carne v/s el espíritu; esclavitud v/s hijos (Rm 8,2.4). En 2Cor 3,2-6 se contrapone la letra de la Ley escrita en piedra, letras que matan, con las letras de Cristo escritas en el corazón y que dan vida. El pecado y la muerte, asociada con la Ley (Rm 6, 6-14), no tienen dominio sobre quienes están bajo la gracia (vida).  Además la ley escrita se asocia con la esclavitud en Rm 7,6-7: Pero ahora, libres de la ley, muertos a todo aquello que nos tenía esclavizados, servimos a Dios con un espíritu nuevo, y no según una letra envejecida. En Gl 4, 4-7 se repite la misma imagen de la esclavitud en contraposición con la condición de hijos: Pero cuando se cumplió el plazo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para que rescatase a los que estaban sometidos a la ley y nosotros recibiéramos la condición de hijos.  Y como son hijos, Dios infundió en sus corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo: Abba, es decir, Padre. De modo que no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres heredero por voluntad de Dios. Ahora bien, ¿cómo es posible que una Ley, que se reconoce como buena, pueda liderar al pecado? En Rm 7, 9-11 señala que no es mandamiento, o la ley, por sí misma, sino el pecado el que trabaja a través de la Ley, aprovechándose de ella, la que trae la muerte. De allí que exclame en Rm 7,12: O sea que la ley es santa, el precepto es santo y justo y bueno. Pero, y de nuevo, ¿cómo lo bueno puede traer la muerte (7,13)? La misma respuesta, otra perspectiva, no es la Ley la culpable, sino nuestra naturaleza débil y de la carne (Rom 7, 14. 18. 22-24).  Nos consta que la ley es espiritual, pero yo soy carnal y estoy vendido al pecado...Sé que nada bueno hay en mí, es decir, en mis bajos instintos. El deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo...  En mi interior me agrada la ley de Dios, en mis miembros descubro otra ley que lucha con la ley de la razón y me hace prisionero de la ley del pecado que habita en mis miembros. ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de esta condición mortal? En definitiva, nuestra corporalidad es un impedimento para la realización de la Torá, como reconoce al final del capítulo 7: En resumen, con la razón yo sirvo a la ley de Dios, con mis bajos instintos a la ley del pecado. Y de nuevo la misma pregunta, como un Dios bueno provee a las personas de un instrumento insuficiente (la Torá) para combatir las pasiones? Otra respuesta la encontramos en Gal 3, 24-25 donde se alude al propósito temporal y pedagógico de Ley hasta la llegada de Cristo, el descendiente prometido de Dios: De modo que la ley era nuestro guía hasta que viniera Cristo y fuéramos justificados por la fe; pero al llegar la fe, ya no dependemos del guía. Ver también: Gal 3,16.19, 23-26. En otras palabras, la Ley fue dada para gobernar  la naturaleza caída de Israel entre dos períodos idílicos libres de la ley, entre el paraíso y el tiempo mesianico, donde la naturaleza adámica primigenia brillaba. Este carácter pedagógico de la Ley no es uno positivo, de acuerdo a la cultura de la época el pedagogo siempre es rudo y no muy efectivo al momento de formar al pupilo. Como sea, al momento de explicar la existencia de la Ley como pedágogo señala que Israel estaba bajo el pecado, sometida a sus pasiones y deseos de la carne (Gal 5, 16-24)  de ahí que necesitaba a la Ley. Ahora bien, es precisamente por esto que vivir bajo la Ley es vivir bajo el pecado y la maldición (Gal 3, 19-22; 3,10; Rm 5,20). La Ley, querido gentil, no te beneficia, no te libera de tus pasiones. En el mejor de los casos la sujeta. Hoy, en el tiempo mesianico no tiene sentido para los gentiles. Vivir bajo la ley es una especie de esclavitud porque la Ley se convierte en tu maestro (Gl 4,1). ¡Y es que la Ley es siempre temporal! Fue pensada de manera temporal para un período intermedio entre dos épocas adámicas doradas, hasta que el descendiente de Abraham (Cristo) viniese para proveer la justificación a través de la fe (Gal 3, 19-25).  Gentiles, ¿para qué necesitais de la Ley si quienes han sido crucificados con Cristo han sido liberados de sus pasiones y no necesitan de la asitencia de la Ley para batallar contra el pecado sino que cuentan con la asistencia del propio espíritu (Gal 5,16.18. 22-25)? Para Pablo, es la fe, y no la Ley, la que nos trae la salvación. Esto es verdad tanto para judíos como para gentiles (Rm 3, 28-30), circuncisos como incircuncisos (Rm 4,11-12). .Es la bendición de Abraham sobre todos sus descendientes que tienen fe, judíos y gentiles (Rm 4,16). Para los gentiles, descendientes de Abraham según el espíritu (Rm 9,6-9) la posibilidad de adorar al Dios único y alegrarse de sus bendiciones. Para los judíos, libertad de las pasiones y el pecado que les había hecho imposible cumplir la Ley, la que ahora podrán realizar sin esfuerzo de acuerdo a las profesías de Jr y Ez.  p. 141