El Logos en el Evangelio de la Verdad y en Juan


El prólogo del Evangelio de Juan no es el único escrito cristiano que reflexiona a Jesús como Logos en relación al Padre. También lo hace un escrito cristiano del siglo II, muy querido por mí, que se llama Evangelio de la Verdad. Aunque, como veremos, lo hace de una manera muy diferente. Según este texto el Padre en sí mismo es de tal trascendencia que no puede conocerse. Todo lo que digamos de Él va a ser una opaca aproximación. De allí que se le describa como como el Incomprensible, el Inpensable, el Perfecto (20,11). De esta perfección emana, como una revelación, una pluralidad de conocibles al modo de palabras y nombres. Al final de este proceso el conocido (Dios) y el conocedor (los que han emanado de Él) son uno y el mismo porque el segundo deriva del primero. En otras palabras somos y existimos en Dios, llegando a ser parte de Él. Al mismo tiempo el conocido y el conocedor se distinguen porque así lo exige el acto de conocer. Así, se afirma al mismo tiempo que somos distintos a Dios, y que por ello podemos conocerlo y tender a Él.

En este contexto se necesita un mediador entre la perfección del Padre y sus palabras y nombres. Este es el rol que juega, al igual que en el cuarto evangelio (1,3), el Hijo-Logos: Cada una de sus palabras (de Dios) es la obra de su voluntad única en la revelación de su Logos (36, 39-40). Al igual que Filón de Alejandría y que el Evangelio de Juan, el autor del Evangelio de la Verdad señala que el Logos es distinto al Padre, y al mismo tiempo se identifican. La unidad entre el Padre y el Hijo en el Evangelio de la Verdad se da, al igual que en el cuarto evangelio (17,11) en el nombre del Padre: El nombre del Padre, empero, es el Hijo (38,6).

Una de las funciones del Hijo-Palabra en el Evangelio de la Verdad es revelar lo que está al interior del Padre para que sus emanaciones se vuelvan a Él como fuente de todo (23,33-24, 20; 36,39-37,18). Así también se lee en 41, 14-29: Porque el lugar hacia el que extienden su pensamiento (las emanaciones), ese lugar, su raíz, es la que las eleva en todas las alturas hacia el Padre. De hecho es en este punto donde más se acentúa las diferencias entre ambos evangelios por cuanto la obra redentora de Jesús, de acuerdo al Evangelio de la Verdad, consiste en revelar en el momento de la cruz los nombres de aquellos que se salvarán para que estos reconociendo que proceden del Padre se vuelvan a Él. En otras palabras, Jesús nos hace recordar que venimos de Dios, que nuestra más íntima identidad (nuestros nombres) procede de Él, y que hacia Él debemos retornar. Una de las imágenes que utiliza el Evangelio de la Verdad para apuntar a esta realidad es la del libro o testamento que contiene los nombres y que Jesús manifiesta en la cruz: Por este motivo apareció Jesús, revistió aquel libro, fue clavado en un madero, y publicó el edicto del Padre sobre la cruz. ¡Oh, sublime enseñanza! (20,2). El contenido soteriológico de la cruz está dado en cuanto Jesús revela los nombres de quienes se salvan para que estos reconozcan los harapos perecederos que cubrían al Jesús en la carne y se vuelvan a la incorruptibilidad que reviste a Jesús glorificado y de la cual ellos han emanado (20,3). En otras palabras, el Logos nos recuerda nuestra más íntima identidad y procedencia, que no tiene que ver con el mundo corruptible y perecedero, sino con el Padre en quien somos y existimos.

No sucede lo mismo en el cuarto evangelio. En este sólo Jesús es el Logos y el Salvador. Como Logos ha salido del Padre y vuelve exaltado a su lugar de origen a través de su pasión. Esto sólo se puede predicar de Jesús. No es como en el Evangelio de la Verdad donde todos los predestinados son las palabras de Dios que vuelven a su origen. En el cuarto evangelio no es así, aquí sólo Jesús regresa donde el Padre. Por otra parte, su acción salvadora se realiza mostrando la gloria del Padre, es decir su amor hasta el extremo de dar a su hijo único para que los que crean se salven (3,16). Es otra dinámica, otra perspectiva soteriológica que apunta no a la experiencia del recordar nuestra procedencia, de volver al lugar de nuestro origen, de reconocer que somos en Dios, sino que enfatiza la relación íntima, el creer, entre el Salvador y el salvado.