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La transformación del vidente en el Apócrifo de Santiago


El Apócrifo de Santiago es un libro gnóstico que desarrolla una revelación de Jesús ocurrida 550 días después de la resurrección y antes de su ascensión. El carácter visionario de la revelación se expresa ya desde la invitación dada por Jesús en un inicio: me voy al lugar del que he venido. ¡Si queréis venir conmigo, venid! (2, 25-27). El mismo carácter visionario se exalsa cuando se menciona como bienaventurados a aquellos que han contemplado al Hijo del Hombre:¿No queréis ser perfectos? Y vuestro corazón está ebrio, ¿No queréis estar sobrios? Por consiguiente, avergonzaos por lo demás de estar despiertos y de estar dormidos.¡Recordad que vosotros habéis visto al Hijo del hombre y que le habéis hablado y le habéis oído!” (3, 9-19). Al final del texto, cuando el Señor asciende, Pedro y Santiago tienen una experiencia visionaria participando del viaje celestial por grados. Al llegar a lo más sublime, la Grandeza, no pueden escuchar ni oír porque les falta la más elevada preparación. Una vez dicho esto partió, y nos arrodillamos. Yo con Pedro dimos gracias y elevamos nuestro corazón hacia los cielos. Oímos con nuestros oídos y vimos con nuestros ojos el estrépito de combate y un son de trompeta junto con un gran tumulto. Y cuando superamos ese lugar, elevamos nuestro intelecto todavía más y vimos con nuestros ojos y oímos con nuestras oídos cánticos y loas de ángeles y un regocijo angélico y poderes celestiales cantaban himnos y también nosotros nos regocijábamos. Después de esto, también hemos querido levantar nuestro espíritu hasta aproximarnos al Poder, y elevados allí, no se nos permitió ver ni oír nada (15,3-25). Con todo, no son solo las revelaciones por sí mismas las que salvan, sino el conocimiento que aperajan. Un conocimiento al que el hombre puede acceder también a través de las parábolas de Jesús que conducen a un saber quién es uno en verdad, de lo que es la verdadera vida (o Reinado de Dios), y de lo que es transitorio (las persecuciones y la muerte). La revelación de Jesús en este texto, al modo de un sermón como el de la montaña, desarrolla tres ideas.
La primera es el Reino de Dios como plenitud y vida de un modo bastante distinto al de los sinópticos. Se relaciona el Reino de Dios con la salud física y sobre todo con la espiritual. La salud espiritual se refiere a un estado de reposo e indiferencia respecto a las pasiones que sacuden al ser humano (muerte y persecuciones sobre todo): Sabed por lo tanto, que os curé cuando estabais enfermos para que reinéis. ¡Desdichados los que tienen una pausa en su enfermedad, porque recaerán en la enfermedad! ¡Bienaventurados los que han conocido el reposo antes de estar enfermos! ¡A vosotros pertenece el Reino de Dios! Por esto os digo: ¡Sed perfectos y no dejéis ningún lugar en vosotros vacíos! (3, 25-35). Los que viven en el Reino de Dios no necesitan pedir no caer en tentación. Pueden libremente rechazarla porque el espíritu les rodea. Eso no significa que no vayan a ser zarandeados por el maligno, al igual que Jesús lo fue, pero no tienen que preocuparse porque han conocido que la vida (entiendase verdadera) es permanente y que la existencia (corporal) efímera. Hay que preocuparse de lo firme (la vida) y despreciar lo efímero (la existencia y la muerte). “Pero si sois oprimidos por Satanás y perseguidos y hacéis su voluntad, lo digo: os amará y os hará iguales a mí y pensará de vosotros que sois amados en su pre-conocimiento de acuerdo con vuestra elección. ¿No dejaréis de amar la carne y de temer al dolor? ¿O ignoráis que todavía no habéis sido maltratados ni tampoco acusados injustamente ni tampoco encarcelados, ni tampoco condenados ilegalmente, ni crucificados sin razón ni sepultados en el perfume como lo he sido yo por el Maligno?...Si reflexionáis acerca del mundo desde cuándo existía cuando estabais caídos y cuánto tiempo permanecerá después de vosotros, encontraréis que vuestra vida es sólo un día y que vuestros sufrimientos son sólo una hora. Porque el bueno no entrará en el mundo. Despreciad, pues, la muerte y desead la Vida. Recordad mi cruz y mi muerte y viviréis(4, 40-5,35). Esto quiere decir que la conjunción vida-muerte no es posible, la vida vive, la muerte no vive. El salvador ha mostrado la indiferencia ante la muerte, su relatividad y cómo no influye en la vida porque el Salvador Vive. Verdaderamente nadie se salvará si no tiene fe en mi cruz, porque de los que han creído en mi cruz es el Reino de Dios…¿de qué se inquietan? Una vez que consideréis la muerte os enseñará la elección. Verdaderamente os digo, nadie se salvará que tema a la muerte (6, 5-18). La cruz ratifica la vida y el Reino de Dios, que comparte los que son de la vida. Hay que buscar la muerte como confirmación de la vida puesto que la muestra como una ilusión pues abarca sólo lo mínimo, esto es lo psíquico y lo carnal.

El Reino entonces es como una espiga que madura, expande el fruto y llena el campo para el año venidero. El conocimiento trae aparejado el descubrir en uno mismo la espiga de vida que debe cosechar, para que se extienda la vida plena. Por eso la presencia sensible del Señor o sus recuerdos son accesorios. Incluso el haberle conocido o no como Salvador carece de real importancia. Son desdichados los que han oído y no creyeron, y afortunados los que sin ver han creído. Vosotros asimismo, apresuraos a segar para vosotros una espiga de Vida, para que seáis perfectos para el Reino…¡Hay de los que me han escuchado y no han confiado en mí! ¡Serán bienaventurados los que no han visto, pero han creído! (12,28-13,1).

La segunda idea tiene que ver con el término de la profecía con el advenimiento del Reino de Dios. La profecía, como débil recurso, ha concluido con Juan. ¿Ignoráis que se ha cortado la cabeza de la profecía con Juan?...Cuando sepáis lo que es “cabeza” y que la profecía sale de la cabeza, entenderéis lo que es “se le ha arrancado la cabeza (6,38-7,1). Pedro y Santiago son anticipo del saber que prefigura el Reino y que se manifiesta a través de las revelaciones y las parábolas. Estos discípulos son exhortados no sólo a apresurarse a la revelación, sino que también a superar al propio Jesús. Apresuraos en salvaros, sin ser urgidos. Pero vosotros mismo preparaos y si es posible superadme, porque así os amará el Padre. Aborreced la hipocresía (que aleja de la verdad) y el mal pensamiento (7,10-20). Las enseñanzas de las parábolas reflejan también la verdad del Reino. Por ejemplo: La palabra se parece a un grano de trigo. Una vez que alguien lo sembró, confió en él, y cuando brotó, lo amó, porque vio muchos granos en vez de uno, y cuando hubo trabajado se mantuvo al prepararlo como alimento” (8, 15-22). Esto significa que el Reino se alcanza con cuidado, con la atención, y el conocimiento, y no el razonamiento o la intelección. “El Reino de los cielos si no lo recibís por medio del conocimiento, no lo podréis encontrar. Por esto os digo: ¡Estad atentos, no os engañéis! (8, 25-30).

La tercera idea tiene que ver con la transformación del creyente. Esta se realiza a través del conocimiento que aporta el escuchar la Palabra del Salvador. Éste desciende sobre aquellos que no le resisten, tal como el Hijo no se resistió al Padre. A través de esta aceptación se completa el Reino de Dios. Ved que yo he descendido y he hablado y he sido atormentado y he ganado mi corona una vez que os he salvado. Descendí, en efecto, para habitar con vosotros, para que vosotros pudierais habitar conmigo. Y habiendo encontrado vuestras casas sin techo, he
residido en las casa que me podrían recibir en el momento de mi descenso
(8,38-9,10).Escuchando la Palabra uno se abre al conocimiento, ama la vida y las persecuciones perderan peso subjetivo (9,20). Por otra parte si el salvador ha descendido para atendernos,ahora tenemos que despertarnos y darnos prisa en seguirlo. Partiré y no quiero permanecer más con vosotros, como tampoco vosotros lo habéis querido. Ahora, por lo tanto, seguidme con premura. Por esto os lo he dicho, es a causa de vosotros por lo que he descendido. Vosotros sois los amados (10,22-30).

El alma desea salvarse, pero es el espíritu el que se salva. Salvados ambos, el cuerpo ya no peca y sólo tendría como función llegar a su fin en la muerte que no afectaría ni al alma, menos al espíritu. “Efectivamente, sin el alma el cuerpo no peca, igual que el alma no se salva sin espíritu. Pero si el alma se salva sin el mal y si se salva también el espíritu, el cuerpo se torna sin pecado, ya que es el espíritu el que vivifica al alma, el cuerpo, al contrario, el que le da la muerte, o sea, que ella misma es la que se da muerte(11, 39-12, 10).