Los aspectos sacerdotales del bautismo cristiano en las primeras comunidades


Muchos son los testimonios en los evangelios que hablan de la importancia del bautismo para las primeras comunidades cristianas. Una vez que se ha convertido Pablo, lleno del espíritu, es bautizado (Hch 9,18); Felipe bautiza al etiope una vez que éste declara que Jesucristo es el Hijo de Dios (8,36-37); Pedro bautiza a Cornelio en el nombre de Jesucristo una vez que ha recibido el espíritu y ha hablado en lenguas (Hch 10,44-48); Lidia es bautizada con toda su casa (Hch 16,15) etc. Aunque no sabemos los detalles de lo que pudo significar el bautismo para estas comunidades, parece estar claro que no se trata de un ritual de purificación al modo esenio. Se trataría más bien de un ritual de iniciación que implicaría el perdón de los pecados y el don del espíritu (Hch 2,38); un nacimiento espiritual que daba acceso al Reino de Dios (Jn 3,5); un baño de regeneración y renovación (Tit 3,5); iluminación (Hb 6,5; 10,32); el compartir la muerte y la resurrección de Jesús (Rm 6,4-5; Col 3,1); el vestirse de una nueva naturaleza (Col 3,10); el convertirse en hijos de Dios (Rm 8,14); el pasar de las tinieblas a la luz al modo del sacerdocio real (1Ped 2,9); el renovarse en la mente (Ef 4,23).

Los elementos sacerdotales en estos ejemplos saltan a la vista. El baño por inmersión era un ritual purificador que se practicaba antes de la participación litúrgica judía. Aarón lo practicaba antes de entrar en el santo de los santos en el Yom Kippur (Lev 16,4). En el Mishna Yoma 3.3 leemos: Nadie puede entrar en la corte del Templo para servir, incluso si está limpio, sino se ha sumergido en las aguas. En el día de la Expiación el sumo sacerdote se sumerge cinco veces y diez veces santifica sus manos y sus pies. En la comunidad esenia del Qumran la purificación con agua implicaba que el creyente se limpiaba de todos sus pecados a través del Espíritu de Santidad...y cuando su carne es esparcida con agua purificadora y santificada con agua limpia...(1QS III). Este acto purificatorio tenía como objetivo que muchos pudieran contemplar la luz de la vida o, en otras palabras: Dios va a derramar sobre él el Espíritu de Verdad....porque Dios los ha elegido para una alianza eterna, y toda la gloria de Adán será para ellos (1QS IV). Filón de Alejandría explica como los israelitas tuvieron que lavarse con abluciones por tres días (Sobre el decálogo 10 y 45) antes que el Señor bajase al Sinaí a entregarles la Ley. Para Filón el bañarse implicaba dejar atrás las atracciones por el mundo material: Nadie absolutamente libre de la impureza es apto para celebrar y reverenciar los misterios porque para ellos el esplendor de esta vida mortal...todavía tiene honor (Sobre los sueños 1.14). De acuerdo a Zac 13,1 y 36, 25-27, la purificación es parte de las esperanzas concernientes a los últimos días en Israel: Voy a derramar agua limpia sobre vosotros, y estareis limpios de todas vuestras impurezas...y os daré un corazón nuevo y un nuevo espíritu estará sobre vosotros. De acuerdo al Testamento de Leví el sacerdote ha de bañarse antes de entrar en el santuario, y antes y después de ofrecer algún sacrificio (9,11). En este texto vemos como los cielos se abren y el ángel del señor le dice que él será un hijo del Altísimo, un ministro y un sacerdote en su presencia (4,2). Más adelante aparecen siete ángeles que le visten como sacerdote. El primero de los ángeles le unge con oleo santo y le da implementos; el segundo le lava, le da pan y vino, y le viste con vestidos de gloria; el tercero le viste con vestidos de lino; el cuarto le da una faja purpura; el quinto, una rama de olivo; el sexto pone su cabeza una corona; y el séptimole da la diadema sacerdotal y el incienso (8,2-11). Todos estos ejemplos implican el contexto sacerdotal y transformador del bautismo cristiano. Varios elementos son especialmente importantes en su relación con la iniciación sacerdotal: la purificación, la unción, las vestimentas. El renacer, el entrar en el Reino, el transformase, implicaban el entrar en el santo de los santos, convertirse en hijos de Dios, miembros del sacerdocio real...en otras palabras recobrar la condición adámica o angélical.

El bautismo de Jesús es ilustrativo en este sentido. Veamos en primer lugar algunos aspectos contextuales de este relato para después ir a algunos puntos específicos del bautismo. El Evangelio de Marcos se inicia con la frase inicio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Esta entrada es notable porque ya desde un inicio se define a Jesús como Hijo de Dios. Ahora bien, ¿qué significa este título? Los siguientes versículos nos dan la respuesta. Inmediatamente se presentan dos citas del A.T. La primera está tomada de Malaquías 3,1 donde Yavé proclama que enviará su mensajero para que preparará el camino delante de Él. Marcos en 1,2 hace algunas modificaciones muy ilustrativas a esta cita. El que habla es de nuevo Yavé. Es Él quien envía un mensajero, se entiende Juan Bautista, pero delante (del rostro) de Jesús. El Hijo de Dios del versículo 1 es Yavé. También es interesante constatar como continua la profecía de Malaquías: aaquel a quien busca el pueblo (Yavé ) irá a su Templo. No es casualidad que el Hijo de Dios será reconocido como tal por el centurión justo después que el velo del Templo se partido en dos. Como sea, la misma identificación entre el Hijo de Dios y Yavé se establece en la proxima cita del A.T. tomada de Is 40,3. En ésta se habla de una voz que clama en el desierto, enderezad el camino de Yavé. Marcos entenderá la voz como la presencia del Bautista, pero más importante de nuevo Marcos hace una importante modificación reemplanzando el camino de Yavé por el camino del Señor. Se equipará así al Hijo de Dios con Yavé y el Señor, todo en un contexto claramente sacerdotal. Efectivamente, más adelante Marcos describe como salían de la provincia de Judea y Jerusalén hacia él (el Bautista) todos y eran bautizados por él en las aguas del Jordán confesando sus pecados (1,5). En 1,9 Marcos construirá un versículo con los mismos elementos pero con una omisión muy importante en relación a Jesús: se menciona que este vino (se entiende donde Juan); también, la procedencia de Jesús (de Nazaret de Galilea); y por último que fue bautizado por Juan en el Jordán. Los mismos elementos pero con una importante omisión: Jesús no confiesa sus pecados. El bautismo del Hijo de Dios, de Yavé, del Señor, tiene otro carácter que el del pueblo. Si Jesús no confiesa sus pecados es porque su bautizo es de naturaleza vicaria o sacerdotal...es por los pecados del pueblo.

Orígenes decía que Jesús había contemplado el Trono de Dios al modo de los visionarios de la mercabá durante su bautismo. Apunta, además, que Jesús tenía la misma edad de Ezekiel cuando esto sucedió (30) (Ezek 1,1; Lc 3,23), la edad donde los sacerdotes comienzan sus ministerios (Nm 4,3). Ambos tuvieron sus visiones en un rio, y cada uno vio los cielos abiertos (Sobre Ezekiel , Homilia 1.4-7). Esto nuevamente nos recuerda la visión de Leví cuando éste vio los cielos abiertos y un ángel le dijo que llegaría a ser Hijo del Altísimo y sacerdote en su presencia (T. Leví 4,2). Pero incluso en la versión más antigua de su bautismo, la marcana, varios elementos apuntan a un ritual de entronización de carácter sacerdotal: Jesús vio los cielos abiertos, el espíritu viniendo sobre él, escuchó una voz del cielo reconociéndolo como Hijo; de inmediato Jesús se dirige al desierto y entabla batalla con Satanás. El primer elemento dice relación con el agua. Hipolito escribe a principios del siglo II: "Las aguas le vieron y se asustaron" (Sal 77,16) y "¿de qué te quejas, mar, que arrancas; Jordán, que te vuelves atrás?" (Sal 114,5). Las aguas replicaron: "Hemos visto al creador de todas las cosas en la forma de un siervo". El Señor se acercó a Juan...cuando los cielos se abrieron hubo una reconciliación entre el cielo y la tierra, los ángeles se regocijaron, la tierra fue sanada y los enemigos hicieron las paces (Sobre la Santa Teofanía 2, 4, 6). El agua en este texto representaría el aspecto caótico de la creación caída (ver el diluvio; el leviatan de Job 41), esa fuerza que sólo Dios puede contener (Job 38,8-10; Mt 8,27), esa fuerza sobre la cual solo Dios triunfa como se celebra en numerosos salmos (18,16-17; 24,2; 46,6; 69,1; 93,4). Jesús en su bautismo, bajo la forma del siervo, y en clara referencia a la Alianza eterna y al Yom Kippur, triunfa sobre el agua como el ungido y el rey al modo del Salmo 89,9-10.

Segundo, la voz celestial le reconoce como Hijo: tú eres mi hijo amado, en tí me contento (Mc 1,11; Mt 3,17). Es interesante constatar que la versión lucana en el texto de Bezae, y en autores como Justino, Clemente de Alejandría y Orígenes, contienen una más directa relación de este voz celestial con el salmo de entronización 2: Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado (Lc 3,22 citando Salmo 2,7). El salmo 2 describe el nacimiento de David como rey o hijo divino cuando es entronizado en Zión. Otros textos que están relacionados con la entronización-transformación del rey David son el Sal 89, 19-20 y 2Sam 23,1. Es muy probable que esta manera de entender el bautismo de Jesús como su entronización se relacionará ya desde muy temprano con su resurrección. Y es que la resurrección podía siginificar en la tradición sacerdotal el ascender al Trono celestial, lo que está implicito en la entronización de Jesús. En muchos textos gnósticos la transformación de Jesús se realiza ya desde su bautismo que de alguna manera anticipa su resurrección. En el Evangelio de Felipe señala: aquellos que dicen que el Señor primero murió y luego resucitó están en un error porque primero resucitó y luego murió. Si alguno no alcanza primero la resurrección, ¿acaso no va a morir? (CG II. 3 56). Las Odas de Salomón, hablando de la transformación del cristiano a través del bautismo, se refiere a estos mismos elementos sacerdotales: El Señor me renovó con sus vestidos; y me poseyó con su luz; ...mis ojos fueron iluminados; y mi rostro recibió el rocio; y mi alma fue refrescada; por la agradable fragancia del Señor (11,11. 14.15). Yo descanso en el Espíritu del Señor; y éste me levanta a los cielos;...me lleva delante del rostro del Señor...; y me unge con su perfección; y yo llego a ser como aquellos que están cerca de Él (ángeles) (36,1.3.6). También en los Oráculos Sibilinos (6,1-5) leemos: Yo hablo desde mi corazón sobre exelso y gran hijo del Inmortal, a quien el Altísimo, que lo engendró, dio a poseer un Trono antes que naciera, desde que fue levantado por segunda vez de acuerdo a la carne, cuando fue purificado en las aguas del rio Jordán, que se movieron con pies de manera brillante y amplias ondas. Es notable el paralelo entre textos y la transformación sacerdotal de Enoc cuando sube a los cielos en 2Enoc 22,4-10 o con textos qumránicos como 1QSb IV; 1QH XI; 4Q 491. 11.

Tercero, una vez bautizado (o entronizado) Jesús va al desierto donde es tentado por Satanás y donde estaba con las fieras salvajes (thhrion) y los ángeles le servían. Las fieras salvajes bien se pueden traducir el hebreo como hayyot haciendo referencia a las criaturas del Trono de acuerdo a Ez 1,5. Los ángeles que le servían pueden sugerir la visión del Hijo entronizado que recibe homenaje de los ángeles al modo del Ap 5,6-14. Y es por eso que, cuando retorna del desierto, Jesús comienza su predicación precisamente proclamando el Reino de Dios está cerca (Mc 1,15); o como señala el Ap: el reinado del mundo ha llegado a ser el reinado de nuestro Señor y su Cristo (11,15).

El bautismo cristiano se realiza en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo de acuerdo a Mateo (28,19) y a la Didaje (7). Para Pablo el bautismo se realiza en Cristo (Rm 6,3), en un cuerpo (1Cor 12,13). En estos tempranos ejemplos la importancia del nombre es fundamental, como se entiende cuando Pablo pregunta en 1Cor 1,13: ¿A caso fuistéis bautizados en el nombre de Pablo? Bautizar en el nombre de Jesús implicaba la presencia divina en el creyente al modo como el sumo sacerdote llevaba inscrito el nombre de Dios en oro en su turbante (Ex 28,36). Cuando se ungía al sumo sacerdote se le esparcía el aceite santo sobre su cabeza, y luego se le signaba con el Nombre (el orden no está claro). Otro ejemplo del poder que confería el nombre lo encontramos en el 3Enoc donde se describen los nombres de 16 príncipes en el cielo (ángeles) como Gallisur-Yahweh el revelador de la Torá; Soqedhozi-Yahweh el que pesa los méritos de los hombres ante el Santo; Soperi el-Yahweh el que esta a cargo del libro de los vivos y los muertos (3Enos 18). De alguna manera, y al modo del nombre de Jesús, poseer cada uno de los nombres de los ángeles hacía que el creyente participase del aspecto plural de Yavé, suprema unidad. El bautismo en el nombre del Señor era hacer como el sumo sacerdote que llevaba en la frente la marca del nombre de Dios participando de su poder. El sello del que habla Ap. 7,2 puede tener relación con alguna parte del bautismo donde se marcaba al creyente con el nombre de Jesús. Filón lo pone de la siguiente manera: el nombre que sólo aquellos que tienen los oídos y la lengua purificadas pueden oir o hablar en el lugar santo y no otra persona o en otro lugar. El Nombre tiene cuatro letra... (Moisés II.114).

Además del bautismo en el nombre de Jesús, la unción, como parte del ritual, también tenía connotaciones sacerdotales. El sumo sacerdote había sido ungido con un oleo especial, semen hamishah (Ex 29,7). El significado de la unción tenía estrecha relación con el del aceite, éste era símbolo de theosis o el convertirse en divino. El ungido podía llamar a Dios su padre (Salmo 89,20-26). La unción del sumo sacerdote se creía escondida desde los últimos días del primer templo tal como lo reconoce el Talmud de Babilonia Horayoth 21 a: En el tiempo cuando el arca santa desapareció, también desapareció el oleo de la unción, la canasta del manna, y el bastón de Aarón con sus flores. Sin embargo, los cristianos sostenían que con la llegada del mesías el oleo santo había vuelto a encontrarse y la unción se practicaba en el rito del bautismo. El Evangelio de Felipe nos dice que la unción es superior al bautismo, porque es por la palabra unción que nos llamamos cristianos. Además es por la palabra union que el Cristo (el ungido) recibió su nombre (CG II.3.74). Los cristianos tomasianos eran ungidos antes del bautismo, y el poder del Altísimo que invocaban con el oleo no era simplemente el del Espíritu Santo, sino el de la madre compasiva, la reveladora de los misterios escondidos (HchTm 27). En los Hechos de Tomás tenemos 5 relatos sobre la unción en el bautismo, lo que indica su importancia (27; 49; 121, 157-158; 132-3). La secuencia seguida por las comunidades tomasianas- aceite, agua, pan y vino- era la que correspondía a la consagración del sumo sacerdote en el Testamento de Leví (2,10). Es importante, entonces, entender el bautismo en la clave sacerdotal que implica transformación del creyente. Para más detalles: Barker, Margaret, Temple Themes in Christian Worship, T&T Clark, Nueva York, 2007, p. 99-134.