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Sacrificios diarios en el Templo (Primera Parte)


Las siguientes entradas las dedicaré a una somera descripción de los sacrificios diarios que se ofrecían en el templo de Jerusalén en el tiempo de Jesús (Tamid). Las fuentes son variadas, por ejemplo, en una antigua fuente apócrifa conocida como la Carta de Aristeas, la descripción que hace el autor (III a.c. ) del servicio del Templo de Jerusalén es claramente idealizada y apunta a probar la armonía existente entre el templo celestial y el terrenal. El sacrificio diario en el templo no es otra cosa sino el reflejo de lo que sucede en el templo celestial.  El silencio y la exactitud de la liturgia es lo que más enfatiza este autor. El servicio de los sacerdotes es, en todos los aspectos, inmejorable en la fuerza física que se requiere de ellos, en el silencio, y en el orden observado…Ellos sirven sin pausa, algunos ofreciendo la madera, otros el aceite, otros la harina fina, otros el incienso, otros las porciones de carne sacrificada, usando sus fuerzas en distintos grados de acuerdo a las diferentes tareas (92)…Las pausas en la liturgia están determinadas y aquellos que son liberados de sus obligaciones toman asiento. Cuando esto sucede, aquellos que ya han descansado, se levantan listos para continuar con el servicio, y todo esto sin que nadie dé ordenes acerca de los distintos aspectos litúrgicos (94). Ahora bien, ¿en qué consistía este servicio litúrgico en el día a día del Templo? ¿Cómo se traducía la liturgia diaria del Templo?

En primer lugar es importante contextualizar. Los sacerdotes a los ojos de las personas comunes son santos, no porque lleven una vida moral intachable, sino porque han sido puestas por Dios a parte (por razones de linaje) para servirlo. En el tratado de los Midot se nos dice que el Sanedrín se juntaba en un gran semicírculo y examinaban a los candidatos  al sacerdocio de acuerdo a las especificaciones legales y bíblicas. Una vez que el candidato se consideraba apto (linaje adecuado y sin defectos) se alegraban y recitaban juntos: Bendito sea el Santo! Bendito sea! Porque ningún defecto se ha encontrado entre los descendientes de Aarón. Y bendito sea Él quien ha escogido a Aarón y a sus descendientes para servir delante del Señor en los lugares santos (5,4).  Además del linaje, son personas que están más allá de la cotidianidad porque han observado una serie de reglas que los preparan para servir temporalmente en estado de pureza (Lv 19,26; Dt 12, 29-31). Y no puede ser de otra manera porque el Dios de Israel es el absolutamente Otro y transcendente. En otras palabras, los sacerdotes deben ser santos porque Yo el Señor soy Santo.

El servicio diario en el Templo estaba a cargo de los kohanim que eran como brigadas de sacerdotes que se dividían en 24, cada una para servir una semana del año en el Templo. Cada brigada se dividía, a su vez, en seis clanes o ramas, cada una para servir un día de la semana señalada. El sábado servían todos juntos. Los servicios diarios, de los más a los menos importantes, que correspondían a cada sacerdote se echaban a suerte. Antes de la primera suerte, los sacerdotes que podían ser elegidos se purificaban en la mikvah, una piscina de aguas naturales. Luego de la purificación se echaban las suertes y luego que se determinaba al ganador, los sacerdotes del clan o rama se dividían en dos columnas  que recorrían en direcciones opuestas (unos al este, otros al oeste) el Templo para verificar que todo estuviese en orden, que no hubiesen habido desordenes durante la noche, y que los 93 vasos sagrados requeridos para los sacrificios estuviesen dispuestos. Una vez que ambas columnas se encontraban en la Habitación de la comida-o de la Preparación de las ofrendas, se saludaban unos a otros diciendo Paz! Todo está en paz!

¿Qué servicio encabezaba el sacerdote que había ganado la primera de las suertes? Éste tenía remover y llevar las cenizas que habían quedado en el altar en donde se centraría el servicio litúrgico. El altar se componía de dos partes fundamentales, el altar propiamente tal con cuatro esquinas prominentes al modo de cuernos, y una rampa ascendente. Tres pilas de maderas ardían en el altar. La más grande estaba destinada a recibir todos los sacrificios; la segunda proveía de los carbones necesarios para el altar de los inciensos en el santuario; la tercera era el fuego perpetuo (Lv 6,13). Antes de subir por la rampa para remover las cenizas el sacerdote tenía que purificarse de nuevo los pies y las manos. Sólo entonces podía subir por la rampa hacia el altar y entrar en contacto con el vaso sagrado que no era sino una pala de plata que era utilizada específicamente para remover las cenizas (Ex 30,19-21). Por supuesto, a  cualquier otro sacerdote le estaba prohibido subir la rampa para remover las ceniza a excepción de aquel a quien le había caído la suerte. Una vez que había juntado una cantidad de cenizas el sacerdote las llevaba al lugar de las cenizas en el lado este de la rampa. Sólo entonces los otros sacerdotes entraban en acción preparando el altar, sacando cualquier trozo de carne que no haya sido reducido a cenizas durante la noche, trayendo nueva madera para colocar. Una vez concluida esta tarea, los sacerdotes descendían de nuevo a la misma habitación para echar suertes para la segunda tarea…la que estudiaremos en la siguiente entrada.