La redención en el Tratado Tripartito

Hemos estudiado en otras entradas el concepto de Padre, Hijo e Iglesia  en el Tratado Tripartito, un documento gnóstico de carácter valentiniano. También nos detuvimos,  en el mismo libro, en el mito de la caída del Logos como origen de la creación material. El desorden y  las pasiones están en la base de esta realidad ilusoria en la que nos movemos y sobrevivimos. Ahora bien, todo mito gnóstico contempla la posibilidad de salvación a partir del conocimiento que el sujeto tiene de sí mismo. Dos ideas son fundamentales en este sentido. La primera es reconocer en nosotros, además del cuerpo y el alma, una semilla espiritual que proviene de Dios. Es como un instinto que nos recuerda el lugar donde realmente pertenecemos. Hay que dejar atrás el miedo, la perplejidad, el olvido, el estupor, la ignorancia puesto que son pasiones viles que nos mantienen atados al mundo material y que han nacido por un pensamiento arrogante y por deseo de dominación, desobediencia y falsedad” (97,39-98,11). El creyente (o los espirituales) se reconocen como los “elegidos” y “llamados” desde una realidad espiritual superior.  La segunda dice relación con la acción redentora del Salvador que nos recuerda a los creyentes (o Iglesia material) que somos imagen de la Iglesia Espiritual y que estamos llamados a unirnos eróticamente, como en una cámara nupcial, con ella. La cuestión es la siguiente, cuando el Logos se arrepiente de la pasión  por conocer al Padre y que ha conducido a la creación defectuosa del mundo material se redime cuando contempla la visión del Hijo y del Salvador que emana del Pleroma. Esta visión le produce tal alegría que genera una región intermedia, entre el mundo material y el mundo del Pleroma, que se llama Iglesia espiritual. Esta iglesia espiritual se tiene que entender como la representación celestial de los predestinados que conforman la iglesia material. No hay que confundir esta Iglesia espiritual con la Tercera emanación de la trinidad  gnóstica. Es sólo una imagen de esta. Pues bien, cuando el Hijo desciende a la tierra para redimir al género humano se encarna revistiéndose de esta Iglesia espiritual de modo que los creyentes (iglesia material) reconozcan en Jesús su contrapartida espiritual (Iglesia espiritual). Jesús viene a despertar y recordar en cada miembro de la Iglesia material que tienen una contrapartida celestial (o angelical si se prefiere) con la que están llamados a unirse para completar la imagen perdida. En otras palabras, la naturaleza espiritual es revelada en cada creyente espiritual cuando Jesús brilla (118, 21-28) y cuando brilla actualiza a la iglesia espiritual que existía arriba en la hasta ahora escondida identidad colectiva de los espirituales.  “Ahora bien, en todo lo demás que compartía con éstos, que son caídos y que recibieron la luz, vino siendo eminente, porque sin pecado, sin mácula y sin desdoro se sometió a ser concebido... Pero él ha tomado también para sí lo que vino de los que anteriormente hemos dicho, que llegó a ser desde la visión irradiante y el pensamiento inmutable del Logos que se ha vuelto hacia sí mismo, después de su movimiento, en vista de la organización” (115,23-116,5).