¿Cómo Jesús, un profeta de galilea, llegó a ser considerado Dios? (VI)


Uno de los conceptos que deberíamos revisar en nuestra comprensión del judaísmo desde el cual nació el cristianismo es el del monoteísmo. En realidad más que creer en un sólo Dios, el monoteísmo del judaísmo en formación afirmaba una jerarquía de seres celestiales sobre los cuales reinaba de manera soberana el Dios de Israel. Muchas veces además de éste sobresalía otro ser celestial, al modo de un viceregente, que actuaba entre Dios y el mundo. Algunos textos bíblicos, como por ejemplo Gn 19,24; Amos 4,11; Is 13,17a.19 entre otros, habían dado pie a este tipo de especulación. Este segundo dios podía ser un ángel (como Miguel, Yaoel, el de la faz, el de la Torá, el Metratón, etc), el logos, el memra, la sabiduría, el Hijo del Hombre entre otros. Muchas veces se les reconocía características que pertenecían exclusivamente a Yavé lo que hacía que más que monoteísmo estemos de facto ante un binoteísmo.

El nombre de Dios se constituye también en un segundo dios cuando se entiende como independiente de su dueño. Este segundo dios es realmente especial porque al ser el nombre tiene las características divinas en sí mismo. Así en Dt 12, 4-6.11 se nos dice que Yavé elegirá un lugar donde habitará su nombre y donde el pueblo le adorará, implicando una distinción entre ambos. En el Salmo 20,1.7 se distingue entre Yavé que escucha al pueblo en el día del conflicto y el nombre del Dios de Jacob que lo defiende. En 2Sam 6,1-2 se nos dice que mientras era trasladada el arca de Dios, el pueblo invocaba el nombre de Yavé. En Is 30,27 se anuncia que el nombre de Dios viene de lejos, su rostro encendido con llamas de fuego devorador, sus labios llenos de ira y su lengua como fuego que consume. En Ex 3,1-4 se relaciona al ángel de Dios con su nombre.

Este es el contexto para entender el verdadero significado del himno de los filipenses cuando nos dice que al Cristo exaltado sobre todas las cosas, Dios le dió un nombre que está sobre todo nombre (2,9). En otras palabras, Jesús resucitado es exaltado con las características divinas del Dios de Israel. Lo mismo se nos dice una y otra vez en el cuarto evangelio cuando Jesús orando le dice al Padre que ha manifestado (o dado a conocer) su nombre a los hombres que le había dado (17,6.26). Lo novedoso no es que los judíos no hayan conocido el nombre de Dios, sino que ese nombre se identifica ahora con Jesús, atribuyéndole, entonces, las cualidades divinas.

Para entender el surgimiento del cristianismo primitivo debemos comprender que el judaísmo desde el cual se desarrolló defendía más que un monoteísmo teológico uno cultual. El problema no estaba en que al supuesto mesías cristiano se le predicasen características divinas. Eso ya se hacía hace mucho tiempo con algunos ángeles, seres celestiales, incluso profetas. El problema estaba en que se adorase cultualmente a este mesías como Dios. Eso era lo nuevo y lo escandaloso. Eso fue lo que llevaría a la escisión del cristianismo de su matríz judía.