Historiografía y los Hechos de los Apóstoles


La verdad en la historia no existe desde un punto de vista objetivo. Esto significa que la historia no se puede escribir sino es desde la interpretación y la finalidad del historiador que narra los acontecimientos. En otras palabras, la historia se escribe desde un punto de vista. Dentro de un espectro numeroso de hechos, muchas veces contradictorios, el historiador elige algunos que considera más significativos y elimina otros que no lo son de acuerdo a los propósitos que se ha planteado. Esto es importante tenerlo presente al momento de juzgar la obra historiográfica más antigua del cristianismo: el libro de Lucas-Hechos. Al momento de estudiar la historicidad de la obra lucana, especialmente del libro de los Hechos, debemos considerar que no es una obra neutra u objetiva. El autor tiene una clara intensionalidad política que le hace narrar e interpretar los acontecimientos de determinada manera. Ann Graham Brok ("Lucan the Politician" en Early Christian Voices, In Texts, Traditions, and Symbols, Essays in Honor of Francois Bovon, Brill, Boston-Leiden, 2003) plantea las siguientes claves interpretativas del libro de los Hechos:

1) El autor quiere exonerar u atenuar cualquier responsabilidad de los romanos respecto a la persecución de los cristianos. Así, por ejemplo, los oficiales romanos siempre aparecen muy amables con Pablo (13,7-12; 18,12-17; 27,43); Pedro inaugura la evangelización a los gentiles con la conversión del centurión Cornelio (10,1-48). En general, no son los romanos, sino los judíos los verdaderos perseguidores de los cristianos.

2) El movimiento cristiano es de origen divino. Esto se confirma a traves de los numerosos signos y milagros que realizan los apóstoles y Pablo (Hch 2,22.43; 3,4-8;4,30;6,8; 7,36; 8,6.13; 13, 6-12; 14,3.8-10; 15,12; 19,12;20,7-12 etc).

3) El movimiento cristiano es políticamente estable porque es la continuación de antiguas tradiciones. Así abundan las referencias a los salmos, a los profetas, a los grandes entre los judíos como Abraham, Moisés y David (3,13; 5,30; 15,10; 22,14; 26,6; 28,25), y a la historia de Israel en general (Hch 7 y 13). Incluso se menciona que Pablo estudió con el gran rabí Gamaliel; hizó circuncidar a Timoteo; se subordinó siempre a la autoridades judías; y cumplió los festivales judíos.

4) Los cristianos son fiables porque tienen una estructura de poder organizada desde Jerusalén (Lc 24, 49) con Pedro a la cabeza (1,15-22; 2,12-36; 3,1-11; 5,1-11; 9,32-35; 10, 34-44). A pesar que gran parte del libro está dedicado a Pablo, sólo Pedro es reconocido como apóstol (con la exepción de 14,4.14 donde se dice que Pablo y de Barnabas son apóstoles pero en el sentido más literal de enviados). Además Pablo siempre apela a la autoridad de los apóstoles (13,31).

5) Los cristianos entienden a las mujeres en su rol social tradicional consecuente a la cultura patriarcal dominante. Las mujeres no se les asocia con fuerzas carismáticas o divinas. Las mujeres están presentes en el libro pero apenas hablan (de hecho las únicas dos mujeres que hablan directamente son condenadas a silencio en el caso de Safira en Hch 5 y la joven esclava en Hch 17); Prisca, que representa el más alto liderazgo feminino reconocido, es definida como misionera (18,8) y maestra (18,26), nunca como ministra o apóstol; el rol de las mujeres se reduce a ser beneficiarias de la predicación y los milagros realizados por los hombres (9,36-43) o como partidiarias y colaboradoras financieras del movimiento (Lc 8,1-13).

El libro de los Hechos nos presenta una historia de la Iglesia primitiva de acuerdo a los intereses de su autor: presentar a los romanos, en una especie de temprana apología, la legitimidad del movimiento cristiano; y presentar a los cristianos, especialmente a los más críticos al poder imperial, que los romanos no son tan malos y que es conveniente convivir de manera pacífica con ellos. Es importante tener estos objetivos y perspectivas presentes al momento de leer o predicar el libro de los Hechos para evitar una interpretación fundamentalista de la obra o de los primeros años del movimiento cristiano.