Felipe (no sólo Tomás): ver para creer...


Una de las frases más conmovedoras del cuarto evangelio es cuando Jesús resucitado reprende la incredulidad de Tomás diciéndole: "Felices los que crean sin haber visto" (Jn 20, 29). Desde un punto de vista histórico es muy probable que esta oración sea el cierre y la inauguración de un nuevo tiempo en las comunidades joánicas. Se termina el tiempo de la vida de Jesús, cuando todavía era posible creer a través de su testimonio directo. Se inaugura un nuevo tiempo donde se está invitado a creer a través del testimonio de los discípulos, de las sagradas escrituras, de la acción del Espíritu, y del propio evangelio. Muchos estudiosos creen (y yo también) que el que Tomás sea el receptor de la divina reprimienda tampoco sería casualidad. Tomás representa a aquellos cristianos que todavía buscarían el contacto directo con Jesús ya sea a través de visiones o revelaciones especiales. Esto explicaría la pregunta de Tomás en Jn 14, 5 sobre el lugar a donde se dirige Jesús y el camino que hay que recorrer para llegar. Tomás estaría apuntando a la visión de Dios al modo de los videntes de la época, lo que Jesús corrige señalando que sólo él es el camino, la verdad y la vida. Pero más aún, el mismo Evangelio de Tomás insistirá en el modo cómo el cristiano, a través de experiencias extáticas, puede alcanzar la visión divina (dichos 3 y 50). En el fondo lo que está diciendo el cuarto evangelio es lo siguiente: "no tratéis de ver o recibir revelaciones directas del Jesús resucitado, conformáos con el testimonio de los discípulos, del Espíritu, y de las escrituras, sólo estas son necesarias para creer". Se está configurando así, paso a paso, la ortodoxia cristiana.

Ahora bien, en el cuarto evangelio, además de Tomás, también Felipe parece ser receptor del mismo tipo de reprimenda. Veamos algunos ejemplos.

Primero, en el contexto de la multiplicación de los panes, Felipe es puesto a prueba por Jesús y falla anteponiendo un criterio práctico (el "ver" un resultado) a un "creer" que Jesús pueda hacer algo (6,5-7). Segundo, justo antes que se inicie la pasión, Felipe aparece como el interlocutor de unos griegos que quieren "ver" a Jesús. Esta relación entre Felipe y los griegos nos habla de una tradición que vinculaba a este apóstol con la evangelización de los gentiles tal como aparece en Hch 8. Como sea, Jesús corrige de nuevo al apóstol, poniéndo el acento en el carácer soteriológico de su muerte más que en el carácter visionario de la petición. Tercero, y de manera más explicita, está la petición de Felipe a Jesús en el discurso de despedida en relación a ver al Padre (Jn 14,7-11). De nuevo Jesús corrige el carácter visionario de la petición y vuelve la atención al significado de su persona y a la necesidad de creer en él. Por último, al final del evangelio varias de las figuras paradigmáticas que no habían logrado entender a Jesús van a ser "rehabilitadas". El caso más representativo es el de Pedro ( (21, 15-19), pero también Tomás en el famoso episiodio de Jn 20, 24-29. En la última aparición de Jesús, Tomás y Pedro están juntos a Natanael (de quien no teníamos noticias desde el capítulo 1), los Zebedeos (grandes ausentes de la tradición joánica), y otros dos discípulos inombrados. Sin embargo, Felipe no aparece. Esta ausencia no puede ser casualidad. Pareciese como si las tradiciones vinculadas con el apóstol Felipe, que valoran tanto las visiones y revelaciones directas, no pudiesen reconciliarse con las tradiciones joánicas, ni siquiera al final de la obra.

En conclusión, Tomás y Felipe aparecen en el cuarto evangelio como figuras representativas de otros grupos cristianos con otras aproximaciones cristológicas y eclesiológicas en formación (lo mismo que la figura del discípulo amado y de Pedro). Estos grupos cristianos abogarían por algún tipo de práctica visionaria donde el "ver" y el recibir revelaciones del Jesús resucitado era importante. En el caso de las tradiciones detrás de la figura de Felipe esto se confirmaría a través de los escritos que más adelante desarrollarían y donde la figura del apóstol es prominente: Pistis Sofía, el Evangelio de Felipe, la Sabiduría de Jesucristo y la Carta de Pedro a Felipe. En todos estos escritos se enfatiza la importancia de la visión de Jesús y de revelaciones de tipo esotérico.