¿Cómo Jesús, un profeta de galilea, llegó a ser considerado Dios? (I)


Hay una pregunta de carácter histórico que ronda la cabeza de cada estudioso del cristianismo primitivo. La podríamos definir como la pregunta del millón. ¿Cómo Jesús, un profeta de galilea con probables pretenciones mesiánicas, llegó a ser considerado en muy pocos años Dios? Es una pregunta compleja que no tiene una respuesta clara y precisa, sino más bien aproximaciones que nos permite imaginarnos más o menos qué sucedió en las primeras comunidades respecto al reconocimiento de la divinidad de Jesús. Pero insisto, son sólo aproximaciones. Nuestras fuentes principales, las cartas pualinas y los evangelios, no nos cuentan cómo fue el proceso. Más bien dan testimonios, muchas veces contradictorios, de distintos momentos y lugares en la construcción de la divinidad de Jesús. Lo que ahora veremos será simplemente un aspecto de esta evolución en la comprensión de quién fue realmente el profeta de Galilea.

Probablemente una de las maneras más tempranas de entender a Jesús fue como un mártir santo y justo (Hch 3,14; 7,52) cuya muerte, como la de los macabeos (2Mac 6,12-16; 7,38;4Mac6,27-29; 17,20-22), significó un verdadero y eficaz sacrificio para el perdón de los pecados de Israel (Hch 5,31). Al igual que a los mártires macabeos a Jesús también se le relacionó con los Salmos 22,35, 69 y el Himno al siervo sufriente de Isa 52,13-53,12. Sin embargo, hubo algo original en la primera experiencia cristiana del martirio de Jesús. Los primeros cristianos, especialmente el grupo más cercano a Jesús, experimentó y creyó que la obediencia y fidelidad de su maestro hasta la cruz había sido tan extrema que Dios ya lo había exaltado resucitándolo y transformándolo. Ahora bien, el cómo se experimentó y entendió esta resurrección y transformación estuvo lejos de ser homogenea. En otras palabras, los evangelios y las cartas paulinas nos muestran cuán diferentes fueron las experiencias de los cristianos respecto al Jesús resucitado. La manera que nos parece a nosotros más familiar tiene que ver con los relatos de aparición de los evangelios sinópticos y Juan. Estos relatos enfatizan la realidad del Jesús resucitado en contraposición con cualquier identificación de éste con un fantasma o espíritu. Jesús aparece transformado de tal manera que era difícil reconocerlo en un principio (Lc 24,13-31; Jn 20,14); era capaz de atravesar las puertas (Jn 20,19); de desvanecerse en el aire (Lc 24,31); se le podía tocar (Lc 24,39; Jn 20,27); comía pescado (Lc 24, 42-43); comía pan (Lc 24,30); y finalmente asciende a los cielos (Hch 1,9). Estas experiencias del resucitado, si bien son las que tenemos más presentes los cristianos hoy, no fueron las más desicivas en la evolución hacia la idea de Jesús como Dios.

Más importante fueron las visiones de algunos cristianos que contemplaron a Jesús como un ser celestial extraordinario,exaltado a la derecha del Padre en los cielos (Hch 2, 23-36; Sal 16,8-11; 110,1; 132,11), que había hechado a andar los acontecimientos propios de los últimos tiempos: el juicio y la eminente resurrección de todos los demás fieles (1Cor 15,20-21). Muchos entendieron esta exaltación como su transformación en una naturaleza angélical, adoptando un cuerpo celestial, glorificado y transfigurado: Esto es lo que, por ejemplo, señala el Evangelio de Pedro cuando, describiendo la resurrección, dice que los soldados vieron "salir de la tumba a tres hombres, y a dos de ellos sostener a uno, y a una cruz seguirlos. Y la cabeza de los sostenedores llegaba hasta el cielo, mas la cabeza de aquel que conducían pasaba más allá de todos los cielos. Y se escuchó una voz que preguntaba en las alturas, ¿Has predicado a los que están dormidos? Y se escuchó de la cruz esta respuesta: Sí" (Evang. Ped. 10,39-10). Esta transformación de Jesús en un cuerpo glorioso no era ajena a la tradición mística judía. El ejemplo más clásico, aunque posterior a Jesús, es el de la transformación de Enoc, mientras asciende a los cielos, en Metatrón, un ángel de enormes proporciones. Esta transformación se describe de manera sorprendente: su carne se convirtió en llamas, sus venas en fuego, y sus ojos en destellos brillantes, y su cuerpo adquirió dimensiones enormes. En general Enoc se transforma en un ángel a quien se relacionará con el sumo sacerdote de los cielos (3Enoc 15, Siur Comá, Números Rabbah 12,12), con el Ángel de Yavé (3Enoc 12,48), con el Príncipe del rostro de Dios (Siur Comá), y con una figura análoga al demiurgo (3Enoc 10;11; 12,5). Dios le ha dado, al igual que a Jesús, un trono y lo ha vestido con majestuosas vestiduras. Más importante aún Dios ha investido a Enoc con el nombre divino (1Enoc 37,71; 2Enoc 22,5-10; 24,1-3;3Enoc 10-12), lo mismo que ha hecho con Jesús (Rom 1,3-4; 1Cor 12,3; 15,20-22; Filp 2,9-11; 3,20-21; Ap 17,14; 19,16; Hch 2,38).

La transformación de Jesús en un ser celestial de carácter angelical dotado de la gloria y del nombre de Dios es fundamental en la comprensión de la identidad divina de Jesús porque lo equipara al Ángel de Yavé (Mat 18,15; 18,20; 28,19; Jn 1,12, 2,23; 3,18; 5,43-44; 10,25; 14,10-11.12-13; 12,28; 15,21; 17,6.11.26; 20,31; Hch 2,21; 2,38; 5,41; 9,16; 15,26; 21,13; Filp 2,9; Sant 2,7; Rom 10,9-13; 1Cor 1,2; 2Tim2,22). Esto es muy importante porque después de todo este personaje ya estaba presente y actuando en la historia de salvación del pueblo judío de manera casi identificable con Dios mismo (Gn 16,7; 22,15; Ex 3,2-14; 14,19-20; 23,20-21; Dt 4,35-37; Jueces 2,1-4; Is 63, 7-9). La pregunta consecuente es obvia, ¿si Jesús ya estaba actuando en la historia del pueblo de Israel, es que acaso es pre-existente? La respuesta no sólo es evidentemente afirmativa sino que pone a Jesús en un estado muy cercano a Dios porque muchas veces en el AT se confunde a Yavé con su Ángel (Gn 31,10-13; 48, 14-16). Pero existe todavía más material que apunta a la importancia de algunos seres angélicales que se entendieron casi como un segundo Dios en la tradición judía. En Dn 12,1-3 el arcángel Miguel aparece muy cerca de Dios y como el principal intercesor de Israel. En el Testamento de Daniel 6,1-2 se habla de un ángel que está también muy cerca de Dios y que es el mediador entre Dios y los hombres. En el Apocalipsis de Abraham 10,1-7.15-17 como Dios aparece tan grande y distante, sólo es accesible a través de su voz, es el ángel Yaoel quien es descrito en término similares al dios de Israel y como portador del nombre divino. En La vida de Adán y Eva 29,4-5 Ya oel es descrito como rey eterno al cual los ángeles le solicitan inciensar a Adán con aromas del paraíso. En la Oración de Jacob 1,3 leemos que Jacob, también llamado Israel, es quien ha visto a Dios, es un ángel de Dios, un espíritu, porque es el primogenito de todo ser viviente, es a quien Dios a dado vida.
Sin duda la reflexión y la experiencia de ver a Jesús transformado en un ángel está de camino hacia la definición divina del profeta de Galilea. Esto sucedería muy temprano, probablemente en Antioquía, como lo atestigua el himno que Pablo copia y modifica en la carta a los Filipenses donde bien se pueden entender alusiones al ángel de Yavé (Filp 2,5-7). Más claro aún es el caso en Judas 1,5 donde se identifica a Jesús con aquel que salvo a su pueblo sacándolo de Egipto, que en en el AT es el Ángel de Yavé.