El cuerpo glorioso de Jesús según Colosenses

No hace mucho puse una entrada sobre las disputas entre los visionarios del trono y de los ángeles en la carta a los Colosenses. Me gustaría destacar , en la misma línea, la importancia de Cristo como el objeto de la revelación divina en 2,9. El texto lee: Porque en él habita toda la plenitud de la divinidad corporálmente. Es interesante constatar que de acuerdo a este versículo la plenitud de la divinidad, o si preferimos la gloria divina, habita corporálmente en Jesús. El uso del griego swmatikos no deja lugar a dudas en los evangelios. Se está refiriendo al aspecto corporal (Lc 3,22; 1Tm 4,8). Ahora bien, ¿se está refiriendo a la encarnación de Dios en Jesús? Poco probable por cuanto el verbo habitar (katoikei/) se encuentra en presente. No está refiriéndose a la experiencia de la vida terrena de Jesús. Más bien se está refiriendo a la corporalidad actual del Cristo celestial. En Col 2,10-15 también encontramos indicios de la transformación corporal de Jesús desde su muerte al momento en el que asume un glorioso cuerpo celestial. El contexto es el bautismo o la iniciación cristiana que se presenta como contraste a la circuncisión. La iniciación cristiana no es un rito que se realiza con las manos humanas, desechando parte de la carne del cuerpo, es algo mucho más profundo, algo que implica la transformación del sujeto, o el vestirse de nuevo. En 2,11-12 leemos: En el cual (Jesús) también sois circuncidados de circuncisión no hecha con manos, con el despojamiento del cuerpo de los pecados de la carne, en la circuncisión de Cristo. Sepultados juntamente con él en la bautismo, en el cual también resucitasteis con él, por la fe de la operación de Dios que le levantó de los muertos. Si Pablo utiliza este lenguaje es porque el creyente se puede identificar con Cristo quien, a su muerte, dejó atrás el cuerpo de carne y pasó a existir de una manera gloriosa. Tal como Cristo fue enterrado y resucitó a una nueva existencia celestial, así los creyentes pueden ser resucitados con él para compartir la gloria en el tiempo presente (2,12;3,1). La muerte de Jesús marca el momento del fin de su existencia del cuerpo de carne (1,22), y el inicio de su gloria divina en forma corporal en los cielos que se hace la imagen visible del Dios invisible. El ha puesto aparte el cuerpo de carne, y se ha vestido de gloria mostrando a los creyentes su destino final (Flp 3,21). Esta dimensión mística tiene también un aspecto moral. La nueva vida en Cristo implica dejar atrás todo aquello que no coincide con ella. En 2,15 esto se expresa a través de las siguientes palabras: Y despojando los principados y las potestades, sacólos á la vergüenza en público, triunfando de ellos en sí mismo. O en 3,1 : SI habéis pues resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado á la diestra de Dios. Para más detalles: The Mystery of God, p.191-192.