El Trono de Dios en la temprana mística judía


Uno de los temas fundamentales de la temprana mística judía representada en la literatura de Hejalot es el Trono de Dios y los misterios que lo rodean. En estos textos (II-IX d.c)Dios aparece como el Santo y el Rey. Desde el punto de vista literario, los himnos que constituyen esta literatura están llenos de convenciones y recursos poéticos . El Trono de Dios aparece rodeado de esferas brillantes que emanan de él como eones, dominios y potencias que configuran distintos cielos . El Trono, que es anterior a la creación, simboliza la gloria y el poder de Dios. Leemos en Hejalot Rabati (Hejalot o Palacios mayores) que Dios formula un juramento por el trono de mi esplendor, en el que mi honor consiste, que no (he) abandonado desde que fue creado, y (que no abandonaré) nunca jamás . Ahora bien, a veces el trono mismo se presenta personificado y así leemos también en Hejalot Rabati (Hejalot o Palacios mayores): Y tres veces diarias se postra ante ti el Trono de gloria y te dice: ¡ZHRRY´L, Dios de Israel, sea loado! ¡Rey magnificente, siéntate sobre mí, pues tu carga me resulta querida y no pesada! . Con la solemnidad de sus himnos y oraciones, con sus grandilocuentes frases y paradojas la literatura Hejalot trata de expresar claramente la santidad y la realeza de Dios. G. Scholem ejemplifica esto con un pasaje del Himno “Zoharariel, Adonai, Dios de Israel” en el Hejalot Rabati (Hejalot o Palacios mayores): “Su trono está radiante ante Él y su palacio, lleno de esplendor. Su magnificencia es bella y su gloria, un ornamento. Sus siervos cantan ante Él y proclaman la grandeza de sus maravillas como Rey de reyes y Señor de señores, circundado por hileras de coronas, rodeado de filas de príncipes de esplendor. Con un destello de su rayo abarca el cielo y su esplendor deslumbra desde las alturas. Los abismos arrojan llamas por su boca y los firmamentos centellean a través de su cuerpo” . La relación entre estos motivos –el trono, la gloria y el poder– y la literatura apocalíptica es estrecha . Pensemos en el Apocalipsis o en la tradición enoquica. En la literatura de Hejalot, Dios es el Rey Santo. El sentimiento religioso que embarga esta idea de realeza es la solemnidad y la sublimidad que rodean al Rey Santo. De hecho, no hay espacio para la inmanencia divina. Todo es trascendente. La distancia entre el alma humana y el Rey Santo es insalvable, sino es gracias al trance religioso, que nunca elimina la identidad del visionario. En Hejalot Zutarti (407-427) se habla de la realeza de Dios en los siguientes términos: El Rey, sentado sobre un trono elevado y sublime… mira en la profundidad, observa en lo oculto, otea en la oscuridad. En cualquier parte, allí estás tú, en cada corazón descansas. Tu deseo (nadie) puede cambiarlo, ni contestar a tu palabra, ni detener tu voluntad .