El Padre, Barbelo y el Hijo: emanaciones e imágenes del Templo.


En el Apócrifo de Juan, la imagen del Dios invisible (o Sofía superior) es llamada también el Primer Hombre, Suprema Inteligencia, Pensamiento implícito, sin embargo su nombre más indicativo es el de Barbelo. Este nombre es el más indicado porque significa en siriaco Dios en cuatro, precisamente porque contiene en sí su explicitación como tétrada superior: Prognosis (preconocimiento); Aphtharsia (incorrupción o indestructibilidad), Aeonia Zoé (vida eterna), y Aletheia (verdad).  Cada una de estas nociones no son sólo átributos de Barbelo, sino que son entes personificados: Salió hacia delante (la personificación que corresponda), se puso de pie junto a (la personificación precedente) y glorificó a Él y a su perfecta potencia, Barbelo (P.5). Todos estos seres se identifican con la pentada de los eones andróginos (¡!), lo que hace una decena de eones. Esto es el Padre (P.6).  Ahora bien, ¿por qué habla de una decena de eones cuando sólo ha descrito hasta ahora una pentada de ellos? Para responder debemos ir más allá, a la generación del Hijo, quien junto al Padre y a Barbelo configuran la triada divina.

El Padre o Espíritu Invisible se relaciona con Barbelo al modo como Platón describe en el Fedro las relaciones entre el amado y el amante: una boda de miradas. El Espíritu miró hacia dentro de Barbelo por medio de la pura luz- la que rodea al Espíritu Invisible y su resplandor- y ella concibió de él. Engendró una centella de luz semejante a la luz beata, aunque sin igualar su magnitud. Este es un unigénito del Padre materno que se había manifestado, su único vástago, el unigénito del Padre, la pura luz (P.6). Fijémonos cómo el Padre o Espíritu Invisible se regocija con su Hijo y lo ungió con su bondad a fin de hacerlo perfecto y no carente de bien alguno…Y (el Hijo) se erguía delante de él (el Padre) cuando recibía la unción (P. 6). Nuevamente los elementos veterotestamentarios nos llevan a la unción del Rey y Sumo Sacerdote de Israel  quien es proclamado Hijo de acuerdo a fuentes pre-exílicas vinculadas con el templo de Jerusalén. El ejemplo más notable lo encontramos en el Salmo 110 que describe, por una parte, la entronización (110, 1: siéntate a mi derecha) a través de la cual el rey davídico llega a ser hijo de Dios diciendo que este lo ha engendrado como rocío, desde el seno de la aurora (Sal 110,3). Por otra parte, Dios promete de una vez y para siempre, que este rey  será sacerdote para siempre a la manera de Melquisedec (Sal 110, 4). El rey tendría así una doble función: la real y la sacerdotal. Pero este es sólo un ejemplo entre varios. Pensemos en la unción sacerdotal de Enoc-Metatron (2 y 3 Enoc), Leví (Testamento de Leví), Logos (Filón), etc. Todos intermediarios, al modo sumo sacerdotal, entre Dios y los hombres. Lo mismo que el Hijo Unigénito en el Apócrifo de Juan.

Una vez que ha surgido el Hijo podemos entender el surgimiento de la siguiente pentada, que unida a la anterior, configura la decena de eones que definen al Padre. El (Hijo) pidió que le fuera concedido un colaborador, que era el Intelecto (nous). El Espíritu accedió (P.6)…el intelecto se reveló y se irguió junto al ungido, ensalzándolo, y también a Barbelo. Todos ellos llegaron a la existencia en silencio y en inteligencia. El Espíritu invisible quiso producir una realidad por medio de la palabra y su Voluntad se hizo realidad y se manifestó junto al intelecto y la luz, glorificando (al Espíritu). Y el Logos siguió a la Voluntad, pues por medio del Logos, Cristo, el divino Autogenes (Cristo) lo creo todo (P.7).  Por lo tanto esta segunda pentada que emana del Unigénito estaría compuesta del Intelecto (Nous), Voluntad (Thelema), Logos, Autógenes Cristo. A éste último el Evangelio de Judas lo denominará el gran ángel o el dios de luz (47, 16-48,21). En el Zostrianos se le conoce como el eón auto-originado y las cuatro luminarias se encuentran dentro de él (19,6-16;29,1-20). En todos estos casos, el Cristo se presenta como una transición entre la primera triada (Padre, Barbelo, Hijo) y los números eones que emergerán a continuación.

Es interesante constatar cómo estas emanaciones son respetuosas del orden jerárquico…siempre reconocen que todo emana desde arriba. Esto será importante también para comprender una característica fundamental del mundo del demiurgo…el caos, el desorden. También ha de destacarse la aproximación de género de esta primera decena de eones. Los que emanan de Barbelo se corresponden con el género femenino, mientras que las que emanan del Hijo Unigénito con el género masculino. Lo masculino y lo femenino se contienen…armonía que se romperá cuando la Sofía menor decida actuar en independencia, provocando el caos. Por último, estos ocho eones del Pleroma son los principales ingredientes del Primer Hombre (Barbelo) y del Segundo Hombre (Unigénito), esto es la humanidad arquetípica y pneumática. Para más detalles: Ignacio Gómez de Llaño, El Círculo de la Sabiduría, p.151-157.