El Padre Invisible, la fuente de agua y luz, el templo, y la aparición de Barbeló.


En la cabeza de la jerarquía divina del Apócrifo de Juan  se encuentra el Padre Desconocido de quien no se puede predicar nada. Ahora bien, fijémonos que el supremo se contempla en la luz que lo rodea, que es la fuente  de las aguas vivas…Él contempla su propia imagen reflejada en la fuente del espíritu y desea habitar en su agua luminosa, que es la fuente del agua pura que lo rodea (P.4).  Este texto implica varias cosas, la primera, la naturaleza del Padre es fontanal, es como una fuente de agua, de luz, de espíritu. Es en estas aguas que el Padre desea contemplarse  como si fuese ante un espejo de agua y luz. De esta acción emerge su propia inteligencia: Su inteligencia entró en acción y apareció, irguiéndose y manifestándose ante él en el resplandor de aquella luz. El Dios Padre-Mónoda se contempla a sí mismo en la fuente de luz –agua que lo rodea a modo que el Espíritu virginal  o materia espiritual, y esa contemplación de su Mente-Espíritu se convierte en una Persona divina, llamada Barbelo, conocida como Sabiduría Superior. El símbolo de las aguas que emergen desde la más sublime de las fuentes es arquetípico en la mayoría de las religiones y está muy relacionado con el templo de Jerusalén. En el libro de Amós leemos las promesas escatológicas en esa línea: Las montañas harán correr el vino nuevo y destilarán todas las colinas (Am 9, 13b).  También en Joel se profetiza que de los montes del templo manarán licor y leche, y que brotará un manantial en el templo del Señor que engrosará el Torrente de las Acacias (Jl 4, 18). Ezequiel, por su parte, también promete que del monte del templo emanaran las aguas en abundancia que producirán un paisaje paradisiaco con muchos árboles frutales, follaje que no se secará, animales y peces (Ez 47, 1-12). En el caso de Daniel es particular porque este contempla cómo desde bajo del trono de Dios emana un río impetuoso de fuego (Dn 7, 9).  La misma imagen la encontramos en 1 Enoc 14, 15; 3 Enoc 36, 1-2 y Ap 22, 1-4. Este río de fuego adquiere otro tono en Hejalot Rabbati [161] donde leemos que ríos de alegría, ríos de regocijo, ríos de júbilo, ríos de contento, ríos de amor, ríos de amistad, se vierten a sí mismos, emanando desde el trono de gloria, se fortalecen a sí mismos y pasan a través de las puertas del séptimo cielo.

En este esquema, las aguas, como ideas cosmogónicas relativas al origen de la realidad, se relacionarán también con la práctica del bautismo que tendría la comunidad creyente en cuestión. En otro tratado gnóstico, el Trimorfe Protennoia, dice de sí misma: Fui yo quien vertí el agua. Yo soy quien está escondida dentro de las radiantes aguas (NHC XIII, 1, 36). En otro texto, el Zostrianos leemos que fui bautizado en el nombre del divino Autogénito por aquellas potencias que están sobre las aguas de vida (NHC VIII 1.6). En el Dialogo del Salvador Jesús confía a Tomás, Mateo y la Magdalena que si uno no conoce primero el agua, no conoce nada. ¿De qué le sirve en ese caso ser bautizado? (NHC III 5, 134, 35). Como sea, a continuación el texto del Apócrifo de Juan entra a alabar a la inteligencia divina a través de un himno que probablemente entonaban los creyentes: Esta es la potencia que existe antes que todos ellos, que procedió del pensamiento de aquel, la suprema inteligencia del todo, la luz semejanza de luz, potencia perfecta, imagen del Espíritu invisible, virginal y perfecto. Ella es la potencia y la gloria, Barbeló (P4).  Este Barbelo es la Sofía superior, la imagen de la luz del Padre, figura del Invisible, Potencia perfecta, perfecto Eón de Gloria.