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La transformación del creyente en el Evangelio de la Verdad

El Evangelio de la Verdad es un texto gnóstico valentiniano de la segunda parte del siglo II. A pesar que no es fácil delucidar las experiencias religiosas que se traslucen en este evangelio, podemos decir algunas ideas generales respecto a cómo vivían la fe cristiana estas comunidades. Primero, la práctica baustismal se debió haber entendido como el recibir el nombre (38,11-18) o como el nacer de nuevo del Padre (38,28-20; 36,36-38). Ahora bien, ¿qué significa esto? Los miembros de estas comunidades cristianas creían que eran elegidos y que esto se manifestaba en que sus nombres (expresión de su verdadera identidad) estabán inscritos en Dios desde siempre. En otras palabras, el nombre del elegido representa la elección de la persona en cuanto quien es en su identidad más verdadera. Existe, al mismo tiempo, una ambigüedad respecto al movimiento que hace el nombre del elegido: por una parte este desciende desde el Padre; por otra el elegido tiene que ascender a recibir el nombre al Padre. Como sea, el sacramento del bautismo se debió haber entendido como un momento de gran intensidad afectiva donde el cristiano reconocía quién era verdaderamente, de donde procedía (del Padre), y a dónde se dirigiría su vida (al Padre).

En segundo lugar, y relacionado con el bautismo, debió haber existido alguna práctica de unción a través de algún ungüento sagrado cuya finalidad era traer de regreso al Padre a los suyos, los elegidos y perfectos. Esto se relacionaba también con el mensaje de Jesús: Por esto se habló de Cristo en su medio para que los que estaba angustiados pudieran retornar y él pudiera ungirlos con el ungüento. Éste es la misericordia del Padre que tendrá misericordia de ellos. Pero aquellos a los que ha ungido son los perfectos. Porque los vasos llenos son los que habitualmente se untan. Pero cuando la untura de un vaso se disuelve, está vacío y el motivo de su deficiencia es la causa por la que su untura desaparece. Porque en ese momento lo atrae un soplo, algo por el poder de lo que está con él. Pero de aquel que carece de deficiencia ningún sello es levantado, ni nada se derrama, sino que aquello de lo que está falto el Padre perfecto una vez más lo llena (36,13-39).


En tercer lugar, y también relacionado con el bautismo y unción, estaría algún rito de investidura (NHC I 20, 28ss). A partir de éste, el cristiano recibiría algún vestido nuevo para significar su transformación y ascención a lugar de dónde vino y a dónde se dirige, el Padre. Algo semejante a lo que el mismo Jesús realizó en la cruz, donde no sólo manifestó el libro vivo con todos los nombres de los perfectos, sino que también se desvistió de la naturaleza carnal y mutable, para asumir los vestidos imperecederos para ascender a los cielos (20,24-34). Jesús representa la totalidad de la identidad de aquellos que se salvan, porque se pone o se viste el libro vivo y lo trae a aquellos que tienen su nombre inscrito. Jesús aparece como quien trae la verdadera identidad de los elegidos de tal manera que él adopta también la condición de redentor redemido: en la cruz Jesús se desviste de las ropas perecibles y se viste de lo imperecible (20, 24-34) para regresar al Padre, lo mismo que ha de hacer el elegido. Nuestro regreso al Padre se produce por su voluntad y a través de su Nombre que es el Hijo (36,39-40,23), e implica el descansar en el Padre (40, 23-43,24).

El bautismo, la unción y la investidura podrían haber sido partes de un único rito de iniciación cristiana. Los elementos místicos o visionarios son patentes, y nos hablan, una vez más, de un cristianismo plural y diverso.