Transformación del vidente en el Tratado Tripartito


En el Tratado Tripartito (NHC I, 5,51,1-138,27) la imagen de Dios es la de un Padre como el Uno que es Inefable. Se le describe de manera negativa: inimitable e inmutable; nadie es dios o padre para Él; sin principio, sin fin; invariable en su eterna existencia; no se le puede cambiar ni reducir en ningún sentido, etc. El Padre es Uno solo, como un número, puesto que es el Primero y el que es sólo él mismo (51,10-11); puesto que es inengendrado, no hay ningún otro que lo haya engendrado, ni ningún otro que lo haya producido (51, 29- 34); él es quien lo ha engendrado (al Todo) y lo ha producido. No tiene principio ni fin (52,5-9); por lo tanto, ninguno de los nombres concebidos, dichos, vislumbrados o imaginados, ninguno de ellos se le atribuyen, aun cuando sean los más brillantes, venerables y honorables” (54,5-10); es imposible a ningún intelecto concebirle y tampoco podría palabra expresarle, ni ojo alguno verlo, ni cuerpo apresarlo, a causa de su insondable grandeza, de su incomprensible profundidad, de su inconmensurable altura y de su ilimitada voluntad (54,19-29);etc.

Dos entidades preexistentes llamadas el Hijo y la Iglesia (57,8-59,38) son generadas por el Padre. Antes del Hijo no existía ningún otro hijo, y después de este tampoco lo habrá; es el primero y el único Hijo al que el Padre le ha dado el honor, la gloria y el amor: Porque al igual que el Padre es en el sentido propio aquel antes del cual no existe ningún otro y aquel después del cual no existe ningún otro inengendrado, así también el Hijo es en el sentido propio, aquel antes del cual no existe otro, y después del cual no existe otro hijo… primogénito, porque ninguno existe antes que él, hijo único, porque ninguno existe después de él (57,10-30) . La Iglesia descansa sobre innumerables eones (60,1-67,37) que han estado siempre en el pensamiento del Padre, es decir potencialmente. Estos son inefables, innombrables, inconcebibles, innumerables, invisibles, llenos de gozo, de la paternidad divina. Estos existen al modo de la descendencia del Padre, es decir no existen por si mismos; y su motivo de ser, como el feto, es buscar a esa fuente de vida que no han visto pero de la que dependen: “Pero permanece siendo como es, él es como una fuente, que no es mermada por el agua que mana abundantemente de ella (60, 10-18).

El último de los eones es el logos en vez de la sabiduría como en otros mitos gnósticos. Como sea, la descripción del logos es análoga a la de la Sabiduría en otros textos gnósticos. Al igual que en otros textos, las emociones del logos, esta vez queriendo aprehender al Padre por amor, generar el orden material. Amor, audacia, y movimiento caracterizan la acción del Logos. Este actúa audazmente, con excesivo amor. La pasión es llamada enfermedad y todos aquellos afectados por ella necesitan ser sanados. Los apóstoles y los evangelistas son los médicos del alma quienes sanan al enfermo.

El proceso de salvación se entiende como restauración y distingue dos acciones: la elección de los espirituales y el llamado de los físicos. La elección se da en la cámara nupcial, mientras que el llamado se realiza afuera, en medio de aquellos que se alegran esperando ante la cámara nupcial. Sin embargo, al final todos los miembros de la iglesia, tanto espirituales como físicos, van a recibir la restauración en el pleroma (122,12-129.34) terminando toda distinción entre estos dos tipos de cristianos. En otras palabras todos están llamados a disfrutar de la cámara nupcial que es el Amor del Padre. No así los materiales que están condenados a la destrucción.

El bautismo (NHC I 127,25-129,34) en el sentido pleno, como opuesto al que se da en general en las iglesias, es equivalente a la redención y significa entrar en un estado de tranquilidad, iluminación, e inmortalidad. El bautismo se da en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu y supone una catequesis y una profesión de fe. Es probable que la profesión de fe se hiciera en tres ocasiones cada vez que el iniciado se sumergiese en el nombre del Padre, luego en el Hijo, y luego en el Espíritu. Sólo en el bautismo la salvación o redención ocurre porque desencadena todo el mecanismo de la transformación del sujeto (128,5-19) que vuelve a su unidad y al Padre: Alcanzan, por una parte, de una forma invisible, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo con una fe, por otra parte, inquebrantable, porque le han rendido testimonio, y con una firme esperanza los comprenden, de modo que pueda llegar a ser la perfección de lo que han cierto que sea el retorno hacia ellos y que el Padre sea uno con ellos, el Padre, el Dios, que han confesado con fe y que les ha otorgado unirse con él en el conocimiento. El bautismo, pues que hemos previamente mencionado se denomina “vestido de los que no se despojan de él” porque los que lo revestirán y los que han recibido la redención lo llevan. Y se llama “la confirmación infalible de la verdad”; inflexible e inconmovible, comprende a los que, en tanto que lo comprenden, han recibido la restauración. Se le llama “silencio” a causa de la quietud y la tranquilidad. También se le llama “cámara nupcial”, por el acuerdo y la inseparabilidad de los que han conocido, porque lo han conocido. Y se lo denomina, también la “luz que no declina y es sin llama”, puesto que no da luz, sino que los que la llevan son luz, que son también a los que revistió. Y también se lo llama “la vida eterna”, o sea, la inmortalidad y se lo llama según todo lo que es grato, absolutamente, en el más propio sentido, inseparable e inamoviblemente, perfecta e imperturbablemente, incluido lo que se haya dejado de lado. Es posible que el vestirse y el llevar lámparas fuese parte del ritual (128,19-129,34).

Este bautismo está relacionado con la cámara nupcial, es decir la unión entre el sujeto y el Padre quien proporciona conocimiento de sí mismo (del sujeto) a cambio de la confesión de fe del sujeto. En otras palabras, la redención y la cámara nupcial constituyen una especie de segundo bautismo (NHC I 128, 30) que se puede ir repitiendo. Esta unión entre el sujeto y el Padre como
cámara nupcial también es conocida en el Evangelio de Felipe (II 84, 14-85,21; 86, 1-18) donde el pleroma representa la cámara nupcial, aunque en el caso de Felipe parece constituir un solo rito de iniciación. La imagen del Templo también sirve en el sentido que el velo que separa el pleroma de los demás eones ha sido destruido.El pleroma se entiende (NHC I 122, 12) como la cámara nupcial donde el elegido espiritual experimenta la última restauración como el novio del Salvador, mientras que los físicos o hombres de Iglesia sirven con alegría fuera del pleroma, en el eón de las imágenes.

Por último, se habla de los besos santos al modo que el Padre besa al Hijo constantemente generando una descendencia numerosa e indivisible al modo como se genera la Iglesia.