Cómo la Cruz ha explicado nuestros dolores...aproximaciones.


Durante estos días de semana santa muchos cristianos contemplan a Jesús crucificado tratando de encontrar un sentido para sus propios sufrimientos y dificultades. Un padre que ha perdido a su hijo encuentra en el crucificaco un dolor que empatiza, alivia, y acompaña. Esta experiencia, que está en el nucleo de nuestra vivencia cristiana, no se sigue de inmediato y por sí misma de la contemplación del Jesús crucificado. Así como nadie podría sentir alivio para su dolor reconociendo el sufrimiento de cientos de iraquies torturados durante la invación norteamericana, lo mismo sucede con la cruz, que por sí misma no es sino una tortura humillante, en extremo dolorosa, y relativamente común en el mundo antiguo. Para darle un significado vicario hay que hacer todo un esfuerzo de sublimación, lo que va constituyendo nuestra experiencia de fe.
Este fenómeno que se vislumbra ya desde las cartas paulinas está también presente en el primer relato escrito de la pasión, el del Evangelio de Marcos. A pesar que en este texto la crucifixión aparece apenas en una clausula subordinada (15,24), el autor no ahorra al protagonista nada de lo que rodea tal tortura. Con una crudeza muy directa, el evangelista describe el abandono y la soledad que rodean a Jesús. Este se presenta traicionado por los suyos (14,66-68), desnudo (15,24), e insultado (15,16.29.32). Al final , en el climax del dolor Jesús llega a exclamar: Dios mio, Dios mio, ¿por qué me has abandonado? A pesar de estos duros elementos, el autor va incorporando elementos que dan sentido al sufrimiento de Jesús y a través de éste al de los cristianos. El sufrimiento de Jesús se presenta como el cumplimiento de la voluntad de Dios prefigurada en las escrituras. Lecturas como Isaías 53 y el Salmo 22 van dándole sentido al sufrimiento de Jesús. Pero no sólamente eso. El relato está de tal manera construido que el auditorio va reconociendo a través de las multiples ironías una lectura más profunda a los acontecimientos que se suceden. Cuando los soldados coronan de espinas, golpean y se burlan de Jesús (15,16-19) la audiencia entiende que éste es verdaderamente Rey; cuando el título a la cabecera de la cruz anuncia la causa de la condena de Jesús (15,26), la audiencia entiende que se trata de una verdadera proclamación universal de su realeza; cuando, luego que el velo del Templo se ha razgado, el soldado romano reconoce que Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios (15, 38-39), la audiencia entiende que Jesús ha roto la distancia entre judíos y gentiles dándole a su muerte un carácter soteriológico universal. Esta genialidad de Marcos al presentar la pasión se verá reproducida a su manera por Mateo y Lucas. Juan, por su parte, la llevera al extremo al presentar a Jesús, en medio de su pasión e irónicamente, como verdadero Juez, Sacerdote y Rey a través de un texto dramático cuidadosamente escrito para ser representado.

Ahora bien, la presentación de la cruz, tal como la conocemos en los evangelios, no fue la única manera de darle sentido al sufrimiento de Jesús y al nuestro en el cristianismo primitivo. En los primeros siglos hubo otras maneras de entender el cómo la cruz iluminaba y daba sentido a nuestros dolores. En el Evangelio de la Verdad el sufrimiento de Jesús en la cruz (20,3-34) se sublima de tal manera que se le entiende metafóricamente como el desvestirse de las ropas perecibles y vestirse de lo imperecible (20,24-34), condición necesaria para dejar este mundo material y volver a nuestro lugar de origen donde se produce el verdadero descanso junto al Padre. En ese sentido, Jesús al morir en la cruz destruye todo aquello que hace que los elegidos mueran y revela, al mismo tiempo, el libro vivo (20,3-34) con todos los nombres de aquellos que están destinados a ser salvados. Así, esta manera de entender la cruz se acerca a la experiencia humana que relativiza el dolor en relación a lo absoluto y a lo imperecedero que se encuentra también en nosotros. Algo parecido sucede con la cruz en el Evangelio de Felipe la que, al igual que el bautismo, es entendida como el momento cuando Jesús se desviste del mundo material y se reviste del inmaterial y del hombre viviente (75,23-25). La muerte de Jesús se entiende como una metafora que implica una inmersión profunda en lo material(61,12-18) para crucificar al mundo material (63,21-24) y así renacer a la vida verdadera. En el Testimonio de la Verdad también encontramos la misma idea: mediante la cruz Jesús ha destruido su carne de la que se había vestido para pasar de la noche al día, de la obscuridad a la luz, de lo corruptible a lo incorruptible, de las hembras a los machos (40,21-41,10). De nuevo, la experiencia de la crucificción de Jesús sirve como referencia para relativizar el dolor propio poniendo delante el horizonte de lo absoluto. Lo que se nos dice es que nuestro sufrimiento, por mucho que lo sintamos tan real, es siempre relativo y perecedero.

Por último, hay que señalar también que este sublimar la cruz de Jesús para dar sentido al sufrimiento humano no se realizó en todos los casos. Hay ejemplos donde la realidad de la cruz se niega. En el Evangelio de Tomás simplemente no se habla de la cruz, negándole así todo valor soteriológico. En el Apocalipsis de Pedro sucede algo similar al distinguir entre el Jesús carnal, el que sufre en la cruz, del Jesús viviente, el que sonrie sobre el madero. El Jesús viviente, el que nos salva, es tan ajeno a la carne que es inpensable que sufra (81,10-25). Aquel a quien ves alegre y riendo sobre la cruz, ese es el Jesús viviente. Pero aquel a quien los clavos en las manos y en los pies traspasan en su carne, ese es el sustituto.
La manera de cómo el sufrimiento de Jesús en la cruz nos redime va a depender de cómo lo sublimemos...y en eso el cristianismo primitivo recorrió un largo camino para llegar a una definición ortodoxa.