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El entrenamiento de Tomás el Atleta (IV)


El tema de la hermandad con Jesús supuso, en la Iglesia siriaca primitiva, el desarrollo de una rica teología y espiritualidad. Jesús es nuestro hermano, nuestro mellizo celestial, que debemos descubrir y emular para llegar a conocernos a nosotros mismos, nuestro origen y nuestro destino. Uno de los textos que desarrollan este tema es el Libro de Tomás el atleta, donde el adjetivo denota la depurada praxis ascética sobre la carne del mellizo de Jesús. Esta obra del siglo III en realidad es la compilación de dos textos distintos: Libro de Tomás el Atleta dirigido a los perfectos, y Palabras ocultas que dijo el Salvador que yo, Matías, copié.

En la primera obra Jesús se dirige a Tomás como hermano (1ApSant24,12-15; 2ApSant 35,15-23) y como mi gemelo y mi compañero auténtico, para de inmediato aconsejar: investiga para que sepás quién eres, y de qué modo existes y qué llegarás a ser (138,15-12). Este conocimiento de sí mismo nos conduce al conocimiento de nuestra verdadera identidad, más allá de las realidades corruptibles y pasajeras de la carne, que coincide con el conocimiento del Todo (138,15-19). Por lo tanto la salvación implica conocimiento de uno mismo y dominio de la carne. Hay que dominar la carne porque nada bueno puede salir de lo material ya que que los cuerpos cambian y todo lo que cambia será aniquilado y perecerá y no tiene esperanza de vida. Lo material es, además, producto de la unión como de las bestias, señalando lo impropio de cualquier relación sexual (139,2-10). Hay que, por lo tanto, huir de la bestialidad y de la amargura del fuego (especialmente las pasiones sexuales) que arde de noche y de día en los cuerpos de los hombres...moviéndolos hacia las hembras, y las hembras hacia los hombres (139,35-44). En este sentido, y hablando de los seres humanos, Jesús advierte a su mellizo: pues lo que los guía, el fuego, les dará una ilusión de verdad y brillará sobre ellos con una belleza que perecerá y los hará prisioneros en una dulzura tenebrosa y los hará cautivos con un fragante placer (140,30-35).

El atleta ha de adiestrarse en el control de la carne y huir de la realidad material para adentrarse en la luz. Aquí seguramente nos encontramos con una exégesis de Génesis 1 donde en griego luz y hombre se escriben de manera muy parecida. Cuando Jesús dice, la luz existe en la luz...esta misma luz ha brillado para vosotros, no para que permanezcáis en este mundo sino para que salgáis de él (139,17-33), se está refiriendo a salir hacia la imagen primigenia del hombre que está grabada en el principio de la creación y que Jesús, como nuestro doble celestial, ha revelado. De allí que podamos afirmar que la bienaventuranza de 140, 43-141,1 resuma gran parte del itinerario espiritual de esta obra: Bendito el sabio que busca la verdad y cuando la encuentra descansa en ella por siempre y no teme a los que desean perturbarlo.