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El Fiscus Judaicus y la identidad cristiana en Mateo


En otras entradas hemos visto cuan cerca estaban los cristianos de las comunidades de Mateo con los judíos de la Sinagoga. Mt 17,24-27 viene a confirmar el punto. En este texto se nos cuenta cómo en Cafarnaún los que cobraban impuestos le preguntan a Pedro si su maestro los pagaba o no. Pedro contesta afirmativamente, pero después, ya en casa, Jesús le corrige señalando el principio que los hijos están exentos de pagarlos, pero para no escandalizar a la gente, manda a Pedro a pescar y abrir la boca del pez para encontrar dentro el dinero para pagar. Este texto bien pudo ser el resultado de la memoria de un acontecimiento que vivió el Jesús histórico con sus discípulos. Este acontecimiento primero debió estar relacionado con el impuesto que todo judío debía pagar al Templo. Sin embargo, y tal como encontramos el relato en el evangelio, el acontecimiento primero se pierde en motivos (como la relevancia dada a Pedro), estilo y vocabulario propiamente mateanos. También los elementos folclóricos presentes (el pez con el dinero en la boca) parecen ser agregados con un fin pedagógico concreto. El tema que preocupa a la comunidad mateana no parece ser ya el impuesto al Templo que por lo demás, al momento de escribirse el texto estaba destruido y que no se menciona en ningún momento. Pero, ¿de qué otro impuesto estamos hablando? ¿Por qué este otro impuesto nos habla de la autodifinición judía de la comunidad mateana?

Durante la revuelta judía (66-70) se planteó un vacío de poder en Roma que Vespaciano, el general que llevaba la guerra en Judea, aprovechó para tomar el poder. Inmediatamente instalado como emperador, Vespasiano vio la necesidad de asentar su poder a toda costa. Le pidió a su hijo Tito que acabase con la revuelta judía, destruyendo Jerusalén y su templo, como signo del poder de la pax romana. Esto serviría, sin duda, para incrementar la deacaída moral de los romanos hastiados de guerras civiles. En seguida, y para aliviar las escualidas arcas imperiales, hizo una reforma fiscal importante, que en el caso de los judíos fue particularmente dura a través del pago del fiscus judaicus. Este impuesto se cobraba a todos los judíos mayores de tres años, y sin límite de edad en el caso de los hombres y de 62 en el caso de las mujeres. Todo este dinero ayudaría además a la reparación del quemado Capitolio y sus 3000 tabletas de bronze que habían recordado por generaciones los éxitos de Roma y sus senadores. Suetonio nos dice que Vespasiano necesitaba de hacerse con 40.000 millones de sertercios para llevar a cabo este y otros proyectos necesarios para recobrar la confianza del pueblo y asentarse en el poder.

A la muerte de Vespasiano, Domiciano siguió cobrando el fiscus judaicus pero de manera aún más rapaz para ayudar a hacer frente al exceso de juegos que se celebraban y monumentos que se levantaban en su período. En ese sentido, y a diferencia de Vespasiano, Domiciano incluyó bajo el término judío a un mucho más amplio esprectro de personas para poder así cobrar más impuestos. Bastaba la más mínima conección con el judaísmo para ser sujeto del fiscus judaicus. Si el Evangelio de Mateo, fue escrito, como creemos, durante el tiempo de Domiciano, entonces el impuesto a que se refiere Mt 17,24-27 es el fiscus judaicus. Lo interesante entonces es constatar cómo la respuesta de Jesús, en orden a pagar el impuesto para no escandalizar, sitúa a la comunidad dentro del espectro de lo que se entendía como judío. En otras palabras, la comunidad mateana se sentía más cercana a la autodefinición de judíos que a la de no judíos. No sabemos si practicaban la circuncisión, pero muy probablemente muchos de sus miembros habían sido circuncidados cuando eran pequeños. Para ellos la lectura de las escrituras judías eran centrales y sus liturgías se centraban en el Mesías judío, todo lo que los hacían sentirse verdaderamente sujetos al fiscus judaicus. Este impuesto, si bien honeroso, traía como contraprestación la ventaja de poder vivir la religión con libertad, como una religio licta.

Esta situación cambia más adelante en el reinado de Trajano y especialmente de Nerva quienes serán mucho más laxos y liberales al defenir quién debía o no pagar el fiscus judaicus. En otras palabras, mucho más estrictos al momento de definir quién era o no judío. Así, el judío no se define extrictamente desde una perspectiva étnica, sino más bien es judío quien se relaciona con prácticas extricamente judías, que hacían imposible a los prosélitos y cristianos defenirse como tales, y por lo tanto ampararse a la religio licta. Aunque no tenemos datos al respecto, es de suponer que no debió haber sido una buena noticia para las comunidades mateanas, quienes se vieron obligadas a dar un paso más en la autodifinición cristiana separadas del judaísmo.