viernes, 26 de marzo de 2010

El Templo Celestial y el conflicto político


El templo de Jerusalén, al rededor del siglo primero, era objeto de especulaciones místicas que nos permiten entender con más profundidad algunos pasajes del Nuevo Testamento. En el 1Enoc, Jubileos, Qumran, y el Testamento de los doce patriarcas el lugar Santo de Dios se ubicaba sobre el el templo de Jerusalén en el monte Zión. A este lugar santo se le describía como el jardín del Edén, un jardín celestial con una fuente de vida rodeada de montañas, árboles de vidas, árboles fragantes, aguas vivas, y ángeles santos. De este jardín fluyen todas las gracias divinas. Este lugar santo es llamado en estos rollos jardín del Edén (Jub 8,29; 2En 5,3), jardín de justicia (1En 77, 3), la plantación eterna (Himnos de Acción de Gracias, 18), el jardín de la verdad (Himno 16). En el rollo de Acción de gracias del Qumran se le describe como un jardín bien regado, una plantación de cipreses, pinos y cedros por Tú Gloria, árboles de vida detrás de una misteriosa fuente (Himno 18). El mismo San Pablo tienen una visión donde es arrebatado al paraíso en 2 Cor 12,4.

A este lugar Santo sobre el monte Zión se le define también como el Templo Celestial y se le describe como una gran casa más allá de los límites del tiempo y el espacio donde se encuentra el carro-trono de Dios rodeado de querubines. En 1En el protagonista describe el Templo Celestial relacionado con la tradición de Carro divino de Ezekiel y con la aparición de querubines: una gran casa construida con marmol blanco...el techo como el cielo lleno de estrellas y luces donde, en medio, se encontraban fieros querubines (1En 14,10-11). Enoc tambien describe el Carro-Trono y el mundo que lo rodea (1En 14, 8-23; 5,23; 71,5-7), y el lugar sagrado como extensas montañas llena de suaves y fragantes árboles y plantas, piedras preciosas, y habitado por ángeles y querubines.

Ambas imagenes del lugar Santo como el jardín del Edén y el Templo celestial estarían relacionadas como leemos en Jubileos: El supo que el jardín del Edén era el Santo de los santos y el lugar donde se encuentra Dios (8,18). En ambos, el jardín del Edén y el Templo celestial, la presencia divina está rodeada de santos querubines, de la visión de los querubines, de los fieros querubines, del carro de los querubines. En los Himnos del sacrificio sabático, aquellos escritos litúrgicos-místicos del Qumran, leemos: los querubines alaban la imagen del Carro-Trono sobre el firmamento y alaban la majestad del luminoso firmamento bajo su asiento de Gloria. Cuando las ruedas avanzan, ángeles de santidad vienen y van. Entre las ruedas de Gloria se encuentra una fiera visión de los más santos espíritus. Por lo tanto, las dos descripciones del lugar Santo sobre el monte Zión, como jardín del Edén y como Templo celestial, están intimamente ligadas a través de la cosmografía, distintos mitos, experiencias místicas, y tradiciones litúrgicas (Ex 25, 1Re 6,23-27; 2Cro 3,10-14).

Existiría también una relación, como si se tratase de un espejo, entre el Templo de Jerusalén y su contrapartida divina. Los sacerdotes del Templo tienen que servir en ciclos de tiempo como lo hacen los ángeles del cielo (Sefer Mahalakh ha-Me´orot en 1En 72-82; Jubileos). Los escribas del Templo tienen que llevar cuenta de los acontecimientos como los hacen los ángeles del cielo (Enoc, Testamento de los doce patriarcas, la Regla de la comunidad). El Templo de Jerusalén, debía funcionar de manera coordinada, como un reloj, para reflejar de manera adecuada las realidades celestiales. De acuerdo a los Jubileos esto ha sido así durante toda la historia de salvación: Y él supo que el jardín del Edén había sido el Santo de los santos donde se encontraba Dios; luego el Monte Sinai estuvo en medio del desierto; y el Monte Zión (el Templo de Jerusalén) en medio del ombligo de la tierra (8,19). Esta visión de la historia de Israel como reflejo de la santidad celestial se corresponde con los protagonistas de ésta: Enoc y Milkizedek en el Jardín del Edén; Moisés y Aarón en el monte Sinai; y Abraham, Isaac, y David en el monte Zión. Todos estos héroes estarían en línea con los sacerdotes que de acuerdo a las escrituras deben servir en el Templo, los zadokitas; y con el calendario solar como el indicado para coordinar la liturgia terrenal con la celestial.

El problema en el tiempo de Jesús es que para muchos está coordinación entre el Templo de Jerusalén y el Celestial estaba rota desde el 175 a.c. Esto desde que Antioco IV impuso el calendario lunar en Jerusalén y depuso al último Sumo Sacerdote de la linea Zadokita, Honyeo ben Simeon. Esto daría origen a la guerra que llevaría al poder a la dinastía judía hasmonea, la que, sin embargo, ordenó inapropiadamente sacerdotes no zadokitas desde 152 a.c. en adelante, y mantuvo el calendario lunar. Estos sacerdotes hasmoneos sirvieron hasta el 37 a.c. cuando los romanos tomaron el control de judea. Pero no por esto la polémica cesó. En la literatura del Qumran vemos cómo los hijos de la luz se identifican como los hombres de Melkizedek (11Q13). De esta mítica figura se dice: Melkizedek es el sacerdote en la asamblea de Dios...quien anuncia la salvación diciéndole a Zión, Tu Dios es Rey. Pero el conflicto no sólo se ve en esta rama de los escenios, también entre los saduceos y fariseos. Los primeros bien pudieron identificarse con el sacerdocio zadokita que se retrotrae hasta Aarón (1Cro 5,27-41; 6,35-38; Ezra 7, 1-5) aunque con reservas respecto a algunas tradiciones relacionadas con los ángeles y el Carro-Trono. Los segundos, mucho más progresistas, avocarían por el calendario lunar de acuerdo a la autoridad de los sabios, desligándose de la linea zadokita. Ahora bien, ¿dónde se situaba Jesús en toda esta polémica? ¿cómo estos datos iluminan el acto profético por antonomasia realizado por Jesús en el Templo? Estas preguntas son muy importantes porque después de todo si el Templo ha perdido su condición de contraparte a la liturgia celestial, entonces ha perdido su razón de ser.