El estar de pie delante o a la derecha de Dios...


Cuando Esteban, emulando al mártir Jesús, está por entregar su vida, tiene una visión que se expresa en la frase puesto los ojos en el cielo (7,55), donde contempla la gloria de Dios y a Jesús a la diestra del Padre (7,55). En este contexto el testimonio del proto-mártir es especialmente relevante: mirad, veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre de pie (isthmi) a la derecha del Padre (7,56). ¿Qué significa este estar de pie? Comtemplar al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios hace referencia a Dn 7, 9-14 en el contexto del juicio final cuando le es dado el dominio, la gloria y reino, para ser servido por todos los pueblos y para constituir un reino que nunca será destruido (Dn 7, 14). Este texto de Daniel se enriquece con la interpretación que le hace el libro de las Similitudes en el 1Enoc donde se contempla a uno como Hijo del Hombre que está de pie y que es coronado. En el 1Enoc 36-71.37 el Hijo del Hombre, llamado también el Elegido, es descrito como de pie ahora, pero luego sentándose en el Trono de Dios cuando el juicio acontezca. El Ezekiel el dramaturgo, también haciendo uso de Dn 7, 9-14, dice que en la cima del Sinaí, Moisés contempló algo como un Trono tan grandioso que tocaba las nubes del cielo. Sentado en el Trono estaba un hombre de noble semblante, coronado, llevando en una mano un cetro y con la otra me llamaba. Entonces Moisés se acerca y se queda de pie delante del Trono (¡no a la derecha!), para luego ser coronado y sentado en él (6,8-76).

En vista de estos testimonios podemos afirmar que la visión de Hch 7,55-56 a la luz de Dn 7,9-14 y de los textos contempóraneos nos habla de Jesús como aquel que ha sido vindicado a través de su resurrección, lo que se expresaría en la expresión estar de pie a la derecha del Trono de Dios como el Hijo del Hombre. Este estar de pie implica la transformación de Jesús en un ser celestial, de la cual el cristiano quiere participar de distintas maneras: ya sea a través de visiones, dando la vida como el mártir, confesando que Jesús es el Señor, etc. Para más detalles: Jesus, the Merkavah, and Martyrdom in Early Christian Tradition Author(s): Phillip B. Munoa III Source: Journal of Biblical Literature, Vol. 121, No. 2 (Summer, 2002), pp. 303-325.

Esta transformación de Jesús como el estar de pie delante del Trono, contemplada por el creyente y mártir en el caso de Esteban, se va a entender de manera distinta en la medida que ciertos grupos cristianos se vayan platonizando. Es el caso del Apócrifo de Juan obra gnóstica setiana del siglo II. En ésta, del más alto o sublime ser, llamado “Padre de Todo”, “Monada”, “Dios”, “Espíritu Invisible”, se predica que su eón es incorruptible, que está todavía en silencio, que existe anteriormente a todas las cosas (26,6-9). De esta unidad primordial emanan la unidad en la pluralidad que constituye la realidad eónica. Para describirla se ocupa el verbo copto aherat o oherat que significa estar de pie, pero no ya para significar la transformación del justo en un ser celestial magnífico, sino para describir su estado de reposo e inamovilidad siguiendo el modelo de la perfección platónica. Por ejemplo, 27,1-14 donde su pensamiento aparece de pie delante de Él (El Dios supremo) con el brillo de la luz (// Zost 78,12-22; Plotino Enn. 5.2..1,7-13); del Espíritu Invisible y de Barbelo emana un brillo de luz que es llamado Monogenes que al igual como Barbelo hizó anteriormente, y que también está de pie delante del Espiritu Invisible (II 6,10-7,15); también el Cristo glorificará al Espíritu Invisible mientras permanece de pie en su presencia (II 6, 23-33), etc. ¿Qué significa, entonces, en este contexto el estar de pie? Significa basicamente el estar en reposo en contraposición del estar en movimiento.

El ideal cristiano, influido por la filosofía platónica, se ha movido desde una angelificación de carácter judía a un ideal de apatía, estabilidad e inmutabilidad de carácter griego. En este último caso ya no se trata de una transformación como consecuencia del testimonio, sino una condición natural que está en el ser de las cosas y que debemos recuperar principalmente a través del conocimiento y del dominio de las pasiones.