lunes, 17 de mayo de 2010

Sentarse en la catedra de Moisés: proclamación e interpretación de la Ley Mosaica

Jesús en el evangelio de Mateo no sólo ordena a sus discípulos guardar cada detalle de la Ley de Moisés, sino que él mismo se presenta como el interprete de la Torá. En este sentido, Jesús va a ofrecer a veces interpretaciones más flexibles (12,1-8; 19,3-9), y en otras va a ser más estricto (5,21-48; 19,3-9). Pero el punto es el siguiente: Jesús no viene a derogar la Ley mosaica sino que a plenificarla (5,17). En ese sentido Jesús señala en 23,2-7: En la catedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos, por lo tanto haced y guardad todo lo que os enseñan, pero no hagáis lo que ellos hacen porque no hacen lo que dicen. Ahora bien, si este es el principio hermeneútico, ¿cómo entender la posición de Jesús respecto a las enseñanzas farisaicas sobre el sábado (12,1-14), el ritual de la lavarse las manos (15,1-2.10-20), las ofrendas (15,3-9), y el divorcio (19,3-9)? En estos casos Jesús pareciera ir derechamente en contra la ley oral y escrita explicada por los fariseos y escribas, porque de otro modo sus discípulos no trabajarían en sábado, se purificarían antes de comer, se sentirían libres de ofrecer como ofrenda el dinero que pudo haber sido destinado al cuidado de sus padres, o exigirían certificados para que la gente se pudiese divorciar. Más aún, ¿cómo conciliar Mt 5,17 y 23, 2-7 con lo que nos dice el evangelio respecto a que los escribas no tienen autoridad para enseñar (7, 29)? ¿O cuando de acuerdo al evangelio Jesús advierte una y otra vez a los discípulos acerca de las enseñanzas de los fariseos (15,14; 16,12; 23,15)? ¿O cuando Jesús simplemente define a los escribas o fariseos como agentes del demonio (comparar 13,37-39; 15,13; 23,15), cuyos pensamientos y motivaciones son malas (9,4; 12,39.45; 16,4; 22,18), y cuyas palabras y acciones muestran su maldad (12,34)? ¿Cómo salvar estas contradicciones no menores?


Mark Allan Powell propone la siguiente solución: la catedra de Moisés de Mt 23,2 se refiere a la silla que ocupaban los fariseos en la sinagoga y desde la cual leían e interpretaban la Torá. Una de estas sillas ha sido descubierta en las excavaciones hechas en la sinagoga de Jorazim.  La catedra de Moisés implicaría, en primer lugar, la posibilidad de tener copias de la Ley, el poder leerlas a viva voz, y por lo tanto decirle a la gente qué es lo que mandaba el patriarca. Sabemos, por ejemplo, que R. Elezar tenía serias discusiones sobre la Ley con su discípulo R. Josuah. No podía ser menos, la cultura religiosa judía promueve el debate y la discusión. La cuestión es que R. Elezar  era quien se sentaba en la silla de Moisés, a su muerte, tal honor recayó en su discípulo y contrincante R. Josuah. Este al aproximarse a la silla decía: Esta piedra es como el Monte Sinaí y quien se sienta sobre ella es como el arca de la alianza (Cantra de los cantares Rabbah 1,3). Se trata de un gran poder social que los fariseos y los escribas tenían. Poder del que carecían Jesús y sus discípulos, que hasta donde sabemos, no tenían copias escritas de la Torá. En ese sentido Jesús y los suyos dependían de lo que escuchaban de los fariseos y escribas respecto a las palabras de Moisés. Lo que Jesús estaría diciendo en Mt 23,2-7, a la luz de dicha dependencia, es guardar todo lo que los fariseos y escribas transmiten de Moisés, es decir la Ley misma.

Sin embargo, junto con leer los escribas y fariseos también interpretaban la Ley. Este era su trabajo. A esto se refiere Mt 23,3 con no hagais conforme a sus obras: no sigáis la interpretación errónea de la Ley que hacen escribas y fariseos. Y es que éstos interpretan la Ley de una manera honerosa para la gente (23, 4) y que sólo acarreaba gloria para ellos mismos (23,5-7). Lo que Jesús dice, de acuerdo a Mateo, es que los escribas y fariseos leen y proclaman la Ley de manera cuidadosa y correcta, pero, sin embargo, se equivocan en la manera de interpretarla y entenderla convirtiéndose así en guías ciegos (15,14; 23,16.17.19.24.26). Hay una critica a la interpretación  y a la práctica farisaica. Crítica que también encontramos en otros textos más o menos contemporáneos. En el Talmud leemos como el Rey Yanai, quien se enfrentó a los fariseos, aconsejaba a la reina Alexandra no temer a los fariseos...más bien temed a los hipocritas que se encuentran en medio de ellos (b. Sotah 22b). Otro ejemplo lo encontramos en los impresionantes sermones de Ben Azzai, un rabino que exaltaba a la audiencia a casarse y reproducirse, a pesar que él mismo había optado por el celibato para estudiar la Ley. Sus colegas criticaban que si bien sus sermones eran laudables, su práctica era hipócrita (b. Yeb 63b). En ese sentido, Jesús se proclama como el verdadero interprete y actualizador de la Ley, lo que estaría en consonancia con el evangelio en general. Recordemos que los escribas y sacerdotes aciertan en señalar que Belén es el lugar donde debe nacer el mesías, sin embargo erran dándole esa información a Herodes (Mic 5,1-3; Mt 2,4-6). Los fariseos aciertan en señalar que Moisés permitió los certificados de divorcio (Dt 24,1-4; Mt 19,7), sin embargo erran al ignorar que lo hizo por la dureza de corazón de la gente (Mt 19,8-9). Los saduceos saben que Moisés ordenó al hermano del difunto casarse con su cuñada (Dt 25,5; Mt 22,24), sin embargo erran, precisamente por desconocer las escrituras, al ignorar que en esta ley hay una profunda enseñanza sobre la resurrección (22, 29-32). Los fariseos aciertan al decir que el mesías es el hijo de David (22,42), pero erran al ignorar que el mesías es también el señor de David (22,43-45). Todos estos ejemplos sirven para reforzar el punto: los fariseos, los escribas, y en general los lideres religiosos pueden conocer bien las escrituras (4,4.7.10; 9,13; 12,7; 15,4. 7-8; 19,5; 21,16; 22,32.37.39.44), pero sin duda fallan al momento de entenderlas o interpretarlas. La Ley es buena en sí misma, y Jesús es su verdadero interprete. Para más detalles: Do and Keep What Moses Says (Matthew 23:2-7), Mark Allan Powell, Journal of Biblical Literature, Vol. 114, No. 3 (Autumn, 1995), pp. 419-435.